lunes, 18 de julio de 2011

AGÍTESE ANTES DE USAR


         Estoy comiendo techo, tumbado sobre la cama, con la persiana casi bajada por completo, el aire acondicionado a 24 grados y el ordenador postrado a mi derecha emitiendo un documental en inglés, subtitulado, que me recuerda las mentiras de este mundo hipotecado hasta en los callos.

         No para de sonar la misma canción en mi cabeza:”Tú tienes la ranura, yo tengo la moneda…chin, chinchinchin, chinchinchin…”, que horror… ¿En qué momento alguien entró en un bucle y comenzó a desvariar musicalmente ayer?. Y venga, que te agarro de la cintura, que te revoleo para un lado, para el otro, la manguera escupiendo el agua de la comunidad en el punto justo de temperatura, y los cócteles siendo ingeridos sin control.
Uf, ¡que dolor de cabeza!. No se que me martillea más, si mis malos recuerdos o el exceso de azúcar metabolizándose con el alcohol en mi estómago, mis riñones, mi hígado y mis pulmones (mira que “anatomopareado” me ha salido). Y ni decir de las fotos… mientras el vino de la comida te encumbraba, cual adonis esculpido en mármol renacentista, las fotografías te desnudan al  aprendiz de “guiri”, enrojecido, por el sol y el alcohol, henchido o hinchado (sin florituras) en los mofletes cual hámster que acumula alimento para el futuro.

         Puf, el móvil, mi madre… ¿qué le digo…?, luego la llamo. “chin, chinchinchin…”, jajaja, que canción más absurda. La verdad que lo pasamos muy bien, aunque no recuerdo por qué me ausenté en un par de ocasiones de la fiesta, seguro que me entró el bajón. Es difícil mantener la estoicidad de imparcialidad cuando la mente te está pidiendo otra cosa, pero creo, y espero, recordar que dí la talla. Hubo una sonrisa que de vez en cuando me pedía el delito lujurioso de cerrarla, pero hubiese sido como el adolescente que se fuma su primer porro y cree ver elefantes balancearse sobre la tela de una araña y pretende empujarlos con su manecita, posándose ésta, en realidad, sobre las posaderas ancianas de dos “abuelitas” que están comentando la telenovela del medio día, es decir, un suicidio…
¡Cómo me duele la cabeza, me va a estallar…! y hay una vecina que lleva un a hora pasando el aspirador, que ruido más insoportable, ¿cuándo parará?.

¡Joder!, me estoy acordando de los comentarios de ayer a la novia de aquel chaval… si es que vas de listo por la vida y no paras de meter la pata… anda que mentarle a la gente de Linares que son tan emprendedores como los que montaron una fábrica de paraguas en Almería… menuda mirada me echó, y con lo de “sesador de pollos”, sabiendo que ella tiene una granja de gallinas y su familia son “los hueveros”, y tú dale que te dale con la imitación de Gracita Morales que se queda embarazada por el huevero, interpretado por Alfredo landa. Madre mía, me acuerdo de esto y me acrecienta el dolor de cabeza. Aunque no estuvo del todo mal, cuando sacaste a bailar a la otra chica y la revoleaste por todo el pub al ritmo del “tractor amarillo”, y tú a lo Jhon Travolta, de nuevo el efecto nocivo del alcohol, te ves con la fuerza, el ritmo y la coordinación suficiente para transportar grácilmente a la delicada muchacha, y realmente lo que estás es fregando el suelo con su pelo, mientras uno de sus brazos lo agita con vigor pidiendo auxilio y una pierna suya se apoya en uno de tus mofletes, a punto de estallarte las pipas por dentro. No puede ser, sí, eso también lo hice…

Ojala me encontrase postrado una temporadita en esta cama sin contactar con el mundo. Entre el calor, el dolor de cabeza y los recuerdos del día anterior… el ridículo más soberano junto a la inestabilidad social más latente hacen que me vea recogiendo mi autoestima con un badil. Y los mensajes…ni releerlos. La próxima vez dejo el Iphone en el piso y salgo de marcha con un Nokia de los de 2 kilos de peso. Menudo aprendiz de Gloria Fuertes con dislexia y de Sánchez Dragó con diarrea estoy hecho, y ¿esto se lo publiqué en su muro a la muchacha?, normal que no haya tardado ni un segundo en mandarme un mensaje al teléfono postrándose loca por mi al leer lo siguiente: “con los dedos de las manos y los dedos de los pies, los cojones y la poll… todos suman veintitrés…”.

¡Dios!, este ateo te invoca para que uses un dedo que lo fulmine de inmediato. Menudo día me espera de recibir mensajes a consecuencia de lo que ayer acaeció, al menos de lo que llego a recordar, que de seguro, serán más las escenas de mi interpretación de ayer… Estoy por ahogarme con espuma de afeitar, si pudiera llenarme la boca de la espesura de la crema de afeitar y rápidamente desaparecer… joder, ¿lo pruebo a ver?, total lo más que puede pasar es que salga escupiendo por el pasillo. A ver, dice: “Agítese antes de usar”, si hombre, estoy yo para vaivenes con el brazo, que, encima ni para un alivio del luto me encuentro, imposible autocomplacer al “señor calvo” que aún está intentando recuperrarse del intento, del anterior Travolta, de dar vueltas con la chica enganchada a través de sus tirantes a los dientes de mi bragueta, el intento fue fútil pero el cabezazo ni te cuento…

miércoles, 13 de julio de 2011

PENSAMIENTO INTUITIVO


         A veces tengo la sensación de estar equivocándome en cada paso que doy. Ciertamente, el trato con las personas, es la actividad más complicada que desarrollamos a diario en todos nuestros ámbitos, ya sea profesional, familiar, personal, sentimental, social, y hasta incluso el cruce de miradas evaluadoras de quienes nos cruzamos (a veces dejamos la cabeza agachada, y otras sostenemos “chulescamente” la mirada, todo es en función de quien nos distraiga la vista).
Es difícil contentar a todo el mundo que te rodea, a los compañeros de trabajo, a tus amigos (hay que cultivarlos), a tu familia (quién no discute con una madre, más que con un padre, sobre “cuando vas a venir a vernos”, hay quien dice que ‘hay que cuidar bien a los hijos, pues ellos serán quienes elegirán tu residencia de retiro el día de mañana…’), mantener a tu pareja con el equilibrio suficiente para no pasar del polvo al barro, y hasta incluso, hay que saber como actuar con quien no espera que desarrolles una acción más allá de lo predecible.

         Enamorarse, ¿es una acción?, NO, pero… tratar el enamoramiento, o cómo actuar para no descubrirte antes de tiempo… SÍ. Dicho así parece que uno debe realizar una serie de artimañas, para embaucar al afectado de los caprichos cerebro-cardiovasculares, que fluyen, mitad del hipocampo, mitad del dedo índice en la mano de un manco, sí, de la soledad, y de estos artificios obtener la respuesta inmediata esperada.

         ¿Quién controla el qué?, ¿qué decide a quién?. Lo rutinario es que lo fácil de conseguir, lo sencillo de obtener en un corto espacio de tiempo, sea lo que previsiblemente cubra nuestras expectativas primarias. Lo difícil constituye el reto diario al que queremos enfrentarnos, para que nuestro subconsciente tenga un tiovivo en el que entretenerse, como el dueño de los coches de choque que se paseaba con toda chulería de un coche a otro mientras tú comías goma por la gracia del más tonto de tu pueblo que cumplía años en la feria y disponía de más fichas para hacerse el amo de la pista. Del mismo modo, cuando salimos a la calle, y no sé si es un caso particular, deseas convertirte en el maduro del “Último tango en París”, conservando la tripita que Marlon Brando lucía en ella a los cuarenta y diez, y que uno luce a los “veintionce”, con la soltura de un militar al que le pasan revista. No quiero referirme a que un “asaltacunas” invada mi psiquis cuando los renacuajos pisan el asfalto, sino que, inexplicablemente, sientes el deseo irrefrenable de vivir tocando un Bandoneón a dejarte la sesera sobre una mesa y un ordenador.
         Y, ¿a qué responde que uno se equivoque mil veces mil sin escarmentar?, o, ¿por qué cayendo sucesivamente en la frustración, de la expectativa descubierta, se sigue creyendo en la consecución de lo imposible?. No se trata  de reinventar una bombilla, o de volver “ateo al Opus Dei”, pero siento que existe un pensamiento intuitivo, de que vas a descalabrarte al final de una carretera inexistente, que provoca una excitación tan sublime, que no quisiera salir de esta vida sin experimentar, cada cierto tiempo, el sabor de un muro de hormigón sobre mis narices. Saberme victima de mí mismo al no enfriar mi mente cuando el alma se caldea más de la cuenta es como decir: “Pero qué delicioso es tomarse un Brownie mientras te quemas la lengua con el chocolate hirviendo…”.

sábado, 9 de julio de 2011

Tumbada en la arena



         La brisa marina se desplaza suavemente por la piel bronceada. Recorre las curvas de su cuerpo acariciándolo delicadamente como yemas de dedos tratando de descubrir cada rinconcito oculto de su piel.
De sus poros emana el aroma dulce a coco de la loción corporal y la convierte en un pastelito apetitoso, el cual, no se puede catar…

         Tumbada, boca abajo, aprieta el panameño sobre su cabeza, evitando que la brisa le prive de la sombra que le ofrece el papel trenzado de ala ancha. Sus ojos encienden la luz marina de su mirada, y ofrece destellos sensuales al parpadear. El contoneo de sus voluminosas pestañas, repetidamente, provoca la inmersión, de quien la mira, en un caleidoscopio de minerales verde agua y ámbar que hipnotiza, enmudece y sólo invita a la observación perpetua.

          El pliegue de sus labios, carnosos, rosados, es humedecido lentamente con la lengua como saboreando la cremosidad de un helado de vainilla. Sonríe, y una sucesión de perlitas dispuestas en hilera frena el ímpetu del observador por apurar el helado. A cambio de ese revés, ella le permite desplazar levemente, haciendo círculos místicos, sobre su espalda, los dedos, escribiendo, una y otra vez, su nombre en letras de caligrafía infantil.

         Su pelo anaranjado, como hojas de castaño en otoño, le cubre una frente estrechita, que oculta el más preciado tesoro de ese instante. Sus ojos silenciados y su boca sellada, no invitan a describir más allá de lo que el observador puede percibir por los sentidos, pero se muere por conocer lo más preciado de lo que frente a él palpita, saber quién es ella…

martes, 10 de mayo de 2011

Notas desde un tren



         Los tubos de aluminio de colores se reflejaban sobre sus ojos. A través del escaparate unos morritos apoyados en el cristal generaban vaho que difuminaba en la opacidad el brillo de aquellas estructuras metálicas que colgaban de las paredes. De manera pausada, las lágrimas emanaban de sus ojos, acumulándose entre el cristal y los mofletes apretados junto a él. Sus ojos estaban hipnotizados mirando los radios de las ruedas entrelazados con el movimiento circular de las ruedas estancas, pero su mirada se encontraba ausente, no atendía más allá de las espirales generadas en su retina al observar las trayectorias inacabas de los biciclos.

         Su padre se acercó, le acarició el pelo en un gesto cariñoso de despeinarlo, y le buscó su mano para invitarlo a que lo acompañara al interior de la tienda. Manolito, resignado, agachó la cabeza y de la mano de su padre entró por la puerta de cristal hasta el interior de aquel paraíso que cualquier niño espera con ansiedad para conseguir el regalo por las buenas notas de fin de curso. Con doce años, la libertad de las dos ruedas comienza ha hacerse patente en las mentes virginales e inocentes, que sueñan con conseguir hacer algo fuera del campo de acción de sus padres.

         El padre miraba a Manolito y no entendía el por qué de sus sollozos…el niño estaba delante de cientos de bicicletas distintas, de múltiples colores, diseños, complementos, ¡podía escoger la que quisiera! Sin embargo, el llanto del niño se acrecentaba aún más conforme el padre insistía en que eligiera. De repente, Manolito salió corriendo de entre la gente, se esfumó del local y se sentó en la calle, como esperando que algo mágico fuese a suceder, como si existiera una oportunidad de aplacar su tristeza, miraba a su alrededor como si de la nada surgiera aquello que tanto deseaba.
La gente pasaba a su lado observando los mofletes enrojecidos de Manolito, los ojos vidriosos, el pelo despeinado, y los moquillos aderezando sus labios. En el instante en el que Manolito estaba calmándose, y su lengua había limpiado sus morrillos de la suculenta merienda, su padre se incorporó a su lado, preguntándole por su aflicción. 

-Pero hijo, ¿por qué lloras?, ¿no quieres la bicicleta?
-Es que no quiero ninguna de esas, quiero “mi bicicleta”…
-Pero, tu bicicleta ya no está, no la tienes, se perdió. Aunque, ¡fíjate cuantas bicicletas hay en esta tienda!
-Ya, pero es que yo quiero mi bicicleta, ¡la de siempre! Con ella aprendí a montar, exploré los caminos por los que ahora paseo, me sentí libre por primera vez sin que tuviera que llevarme nadie. Jugaba a vaqueros imaginando que era mi caballo, simulaba que en cada paseo me encontraba en una etapa de competición ciclista, soñaba con que en las bajadas, al soltar los pedales, montaba en mi primera moto. Todo eso y más cosas descubrí con mí “bici”. Por eso quiero mi bicicleta Papá, no quiero otra bicicleta, quiero mí bicicleta…
-Hijo mío, siento mucho que estés así de triste por su pérdida. En esta vida debes ir acostumbrándote a cambiar de bicicleta de vez en cuando, y que dicho cambio sea cada vez menos traumático. Cambiarás de amigos, de pareja, de trabajo, perderás la seguridad que cada uno de ellos te ha transmitido, sentirás vacío, te sentirás solo, confundido con cada perdida, con cada cambio y deberás tomártelo siempre como una renovación, sentirte que creces y te enriqueces en cada experiencia parecida a la que sufres ahora. Hijo mío, empiezas a crecer y a darte cuenta que esto es sólo el principio de un largo episodio que, ante todo, disfrutarás, aunque bien es cierto que la primera bicicleta será la que no olvidarás jamás…

jueves, 10 de marzo de 2011

Un cojo nunca olvida sus muletas

Mi salida del trabajo resulta un tanto suigéneris: una catedral gótica de piedra recién lavada, ausencia de humo y vehículos que te permiten adueñarte del ancho de la calle, senderos de chanclas con pies blanquísimos (y amarillos también, de albero, y no japonés), decenas de muchachas provocando el colapso pulmonar, en un intento de respirar y a la vez silbar, al contonearse mientras pasan por tu lado (se que puede resultar sexista, o no, a veces censuramos lo menos impúdico y ensalzamos al más “chévere pútere”), turistas asalmonados tendentes al melanoma y estereotipos de postal andaluza deambulando con una ramita de romero en la mano o una guitarra entre los brazos, ambos vociferando lo mismo, “¡mi arma, que Dios te bendiga!”. Que te bendiga a ti si es que existe, ya que lo mencionas, que sólo parece acordarse de los desdichados cuando de otro depende la cesión de la moneda que abrirá el próximo cartón de vino “peleón” (es lo que tiene la religión, se acuerda de la caridad sólo si viene acompañada de dinero, lo demás no puede considerarse limosna).
En este peculiar marco me he detenido este medio día, y días anteriores a este, en una tos constante, de baja intensidad y lengua fuera. Al principio creí que se trataba de otro títere que ha despreciado el estandarizado y putrefacto sistema, que sale a la calle a beber frío y comer miradas sorprendidas y lastimeras, con un bombín en la cabeza, una camiseta de rayas horizontales negras y rosas, pantalón negro ceñido y botas, cuatro números más grades, sin abrochar. Apoyado en un paraguas, como bastón, y con la otra sosteniendo un cigarrillo casi consumido, los turistas de mirada cegada retrataban con sus “canon” de dos mil yenes la ilustre imagen de aquel desgraciado que se ahogaba fumando boquillas de cigarros. No era ningún espectáculo, al menos el del pobre Charlot desaliñado, pero se le trataba igual.

            Continúo paseando, bordeando el ilustre edificio de culto y oraciones, esquivando las naranjas caídas en el suelo, no por madurez, sino porque toca hacer la limpieza de los árboles, el fruto inmaduro y abundante estorba en el lecho de su nodriza y hay que quitarlo, para que los retratos, las postales, las instantáneas de ortopedia luzcan mejor. Cientos de naranjas se amontonan, estrelladas en el suelo, mezclándose con las heces de los caballos y convirtiendo lo que viene a ser un agradable olor frutal, que augura la cercana primavera, en un perfume sólo superado por aquellos que se venden en botecitos diminutos y que tanto abundan cuando le ponemos bombillas a las calles para que iluminen la nieve nocturna. Dejo de lado el conjunto de arquerías que desplazan hacia una esquina desamparada el imponente campanario, de interior sin escaleras, y asciendo por una calle donde abundan las tabernas, de muros antiguos, empapeladas en rosa con líneas de purpurina dorada, de paella precocinada donde destacan en las paredes las fotos de los fundadores de aquellos lugares de alivio de desdichas, allá en sus orígenes. En la terraza de una de ellas escucho una voz rota e imagino la marca del tabaco que está fumando: acierto, DUCADOS, es inconfundible, afina la voz mientras, al hablar, se exhala su humo, pero la enrancia cuando una vez emitido el vapor de agua con el humo se vuelve a resecar la garganta. La voz transmite un inicio de quejío, de atreverse a callarse porque la docena de chatos de tinto no le permiten mezclar tres palabras con sentido y emite, a un camarero dominicano, al observar la imponencia de la mezquita transformada en tiovivo de rezos, un… que bien estructuradas están estas piedras… olé. Todo sea por decir: “de aquí no salgo porque no hay nada mejor en el  mundo”.

            Giro la calle ascendente a la izquierda, y es el aroma de cigarro puro mezclado con Loewe y glándulas sudoríparas en su plenitud de eyaculación el que me hace pasar por los locales, de cincuenta euros el pan, pegado a la pared. Hasta que a doscientos metros, a paso ligero, llego al portal de casa. Abro la puerta, con truco en la cerradura y exasperación con resoplido incluido, entro en el ascensor y llego al apartamento: al fin mi castillo, al fin mi morada. Me quito los pantalones en la misma puerta y la camisa viste el sofá. Voy para la cocina y abro una botella de vino que acompañe mi toque de violín sobre el Jabugo que un buen amigo me regaló. Fin de día perfecto, jamón y vino.

            Entonces el teléfono suena, “CONCHI” aparece en la pantalla, descuelgo:

-¿Qué tal niña?
-Hola Jaimito!!!!, ¿cómo estás?, ¿a que no sabes donde voy?
-Joder prima, no me digas que vienes hacia acá. Estoy muy liado, esta tarde tengo que trabajar y preparar una reunión para mañana.
-Noooo, tranquilo, voy camino de Madrid, es el cumpleaños de Manuel que viene esta noche de México a sus reuniones trimestrales de empresa. Me lo ha dicho por el “Facebook” y quiero darle una sorpresa!!!
-Prima, esas sorpresas… no sé yo… no me dan buena espina. ¿Cuanto hace que no habláis?, ¿cuatro meses?, plantarte allí de improviso es peligroso, Él puede tener otros planes y puedes incomodar o crear una situación un tanto embarazosa.
-Qué va… si estuvimos hablando por el “Skype” este último mes, y ¡¡superbien!! , hicimos incluso…cositas… ji,ji,ji.
-joder prima, con cuarenta y cinco años y haciendo tonterías por Internet… ya te vale… el divorcio no te está sentando tan bien como esperaba.
-¿No?, quizás a ti te va mejor, acostándote con esas jovencitas de las cuales luego ni te acuerdas del nombre hasta que no corriges sus exámenes.
-Mira nena, no te enciendas conmigo, y menos si vas conduciendo. Dime sólo que querías pedirme al decirme que subías a Madrid.
-Pues eso mismo que has dicho tú… evitar una situación embarazosa, llama a Manuel y pregúntale sutilmente a qué hora llega exactamente y qué planes tiene. Así puedo ir y darle esa sorpresa…
-Mira, no te prometo nada… lo llamaré, y si tengo noticias te llamo. Si en una hora no tienes noticias mías es que no lo he localizado.
-ok!!! Gracias primooo!!!, chaítooo, luego hablamos!!!.

            De repente una sensación de hastío me recorre mientras bebo un buen trago de vino de la copa. Comienzo a cortar jamón, pensando en lo qué le diré a Manuel cuando le llame para cubrir las expectativas de mi prima. Bebo el vino cual cura de comarca serrana habiendo consagrado cinco misas a sus espaldas. Mientras tanto no dejo de pensar en la sonrisa que me rechaza día tras día, y conforme acrecienta el estado etílico, mayor es la dulzura que interpreto en sus gestos, casi mudos, cada vez que le hago un comentario. Pienso en decirle mañana que es una alegría verla sonreír, que consigue hacerme resurgir de la nada cada vez que sus grandes ojos marrones me miran, que su tono de voz amansa mi ansiedad cuando trabajo, levanto el pie del acelerador y pienso en que no acabe de decir lo que tiene que transmitirme, como gasolina, para terminar la jornada laboral.
En ese sueño con quien ocupa mi mente en los ratos de irracionalidad y ebriedad alcohólica, suena de nuevo el teléfono, es Manuel.
-¿Manuel?, dime, ¿qué tal estás?. Había pensado en llamarte para saber por donde andas, ¡tenemos una cena pendiente tu y yo!- decía esto intentando desmarcarme de lo que seguro ya le había adelantado mi prima.
-si, bueno, pues bien, aterricé en España hace un par de días. Tenía pensado llamarte.
La voz con la que me hablaba parecía que quería salir de su garganta y confesarse de que Él también había visto revistas de desnudos con doce años. Menudo tembleque de tono tenía.
-Genial, a ver cuando haces hueco en tu agenda, que tengo un sitio nuevo que enseñarte para comer ese maravilloso lomo de buey que tanto te gusta.
-Bien, Jaime, bien. Te llamo en estos días.
-Por cierto Manuel, ¿Dónde te alojas en Madrid esta semana?. Me han dicho que han abierto unos cuantos hoteles los Roeis Meteos para blanquear “pasta”, pero que están muy bien, muy “cool”.
-este… estoy en el “Urban”, cerca del Congreso.
-ahm, bien, buena escolta en la puerta… lo conozco, aunque las habitaciones, con tanto modernismo minimalista… casi, por no tener, no tienen ni cama…
-Bueno Jaime, tengo que dejarte, ayy!, si, bueno, tengo que, joderrr!, dejarte!. Discúlpame, estaba intentando abrir una cerveza mientras hablaba contigo y me corte un dedo.
-si,si… tranquilo Manuel, lo entiendo, es lo más normal… ¡hablamos!, ¿ok?. Un abrazo fuerte, y recuerdos a mi prima, que seguro que hablas más con ella que yo…
-Ok, gracias Jaime, si, algo hablamos tu prima y yo, se los doy… un abrazo para ti.

            No hubo conversación más fría que la mantenida con éste tipo, cuya voz sonaba como si una cortadora de césped le ascendiera por los pantalones.
La botella traspasaba su líquido finamente por las paredes de la copa, a expensas de ser adquirido por un paladar ávido de sosiego, adormecido por la penumbra del deseo no cumplido, entristecido por la soledad del ruido no deseado: llámese llanto en la ducha, llámese lamento en el ascensor… pero siempre, en silencio, y a oscuras, como una copla de principios del veinte. Es el problema de doblar las campanas con cuarenta recién cumplidos, parece que has vivido todo lo que debías…

            En esta reflexión, suena de nuevo el teléfono, y es mi prima la emisora:
-¿Has hablado con Manuel?, ya se que me dijiste que no me llamarías si no tenías noticias, pero estoy tan excitada por verlo que quería compartirlo contigo.
-bueno, acabo, aunque no te lo creas, de hablar con Él. Efectivamente, acaba de llegar a Madrid y está muy cansado. Ha quedado a cenar con unos empresarios en el hotel Urban, pero no era claro que se alojara allí. Mejor que te pilles un hotel y mañana quedes con Él más tranquilamente.
-No, no. Esta noche nos vemos, ¡y gemimos lo que no lo hicimos en estos meses!. ¿Has dicho el Urban?, hummm, siempre se quedaba por la Latina, decía que le gustaba el ambiente castizo. Ya sabes, los ricos con ganas de sentirse pobres mientras beben…
-ya, si, en fin… bueno prima, hablamos. Ya me cuentas tu éxito en Madrid. Muchos besos y cuidado con el coche.
-vale primoooo, ¡¡¡voy súper emocionada!!!.

            Después de hablar con ella tan alegre, tan dichosa por ver a su amor, sólo me quedaba la opción de llamarlo y pedirle que se desprendiera de su plan de aquella noche, sino quería enfrentarse al mayor mal que su alma podía asumir, o seguir follándose a la que tenía entre las piernas. En fin, son caminos elegidos por cada uno.

A veces te apetece cruzar las vías del tren justo antes de pasar el AVE y otras eres cauto y mides los tiempos hasta que te sientes seguro de cruzar.
En cualquier caso, todos estamos disponibles, y debemos estar preparados para dar un salto o para dar un paso, de motus propio u obligados, hacia el camino que menos esperamos pisar. Unos viven el preciado presente y otros lo odian, otros viven el deseado futuro y unos odian el odiado futuro. En cualquier caso, nadie se olvida de regalar rosas blancas cuando debe, igual que nunca un cojo olvida sus muletas.

martes, 28 de diciembre de 2010

Voces adormecidas

 
En una sala blanca, sin ventanas, con iluminación artificial muy intensa, hay dos asientos de plástico y una mesita baja con dos vasos de agua y una jarra, medio llena, de cristal. Los asientos están ocupados por dos hombres mayores, de 93 y 72 años, José Luis y Leonardo. Ambos no saben por qué están en ese lugar, ni como llegaron, ni quienes los llevaron allí. No tienen aspecto de mafiosos, ni maleantes, más bien de personas con necesidad de transmitir ternura. Bajo sus ojos la piel forma bolsas como acumulando horas de sueño perdidas. Las miradas no se encuentran, ambos, humildemente se miran las manos, posan sus manos sobre sus rodillas, esperando a no saben qué, no saben a quién. Giran la cabeza como buscando que la puerta cerrada, de aspecto hermético, se abra y alguien entre a darles una explicación.

JL-El hombre ha dejado de actuar hipócritamente para actuar cínicamente. La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, mientras que el cinismo no da ninguna explicación, permite hacer sin más, sin justificarse.

L-Donde hay seres humanos hay que hacer acuerdos para vivir en común y en paz, lo importante en el mundo de hoy no es subrayar las diferencias, sino las cosas en común. Los principios nos permiten ver un paisaje diferente, con valores, que valen la pena, que mueven personas, que atraen a las personas. El principio es el sostén de la casa y los valores  son el contenido de la casa. El ser humano no se rige por pensamientos sino por valores, sentimientos, cada valor esta cargado de emociones.
Hay que saber cual es el valor que hoy mueve a la gente, hoy es el consumo. Hoy, la búsqueda de la humanidad es la búsqueda de un conjunto de principios y valores para compartir y en la que puedan participar todos los seres humanos.

JL-Sí, pero el sistema de vida occidental se esta desmoronando. ¿Hay que reformar el capitalismo?, el capitalismo se ha reformado ya varias veces, desde el siglo XV, donde Europa era un volcán aventurero, expansivo, el humanismo empezaba a sustituir a la teología, el capitalismo  era mercantil, y posteriormente industrial. Pasamos de la expansión al miedo, y ahora que estamos en la era de la comunicación, lo que hacemos es levantar murallas constantes. Este sistema está agotado. El desarrollo que vivimos es insostenible, y no se reacciona. Esta crisis es parte de ese desmoronamiento del sistema, pero nadie actúa. O se corta o se cortará por agotamiento de fuentes de energía, degradación medioambiental, modificación del clima, contaminación y escasez del agua...
Los que quieren cambiar el sistema no pueden y los que pueden no quieren modificarlo. Falta la visión suficiente de los que pueden, que están acomodados y no les alcanza la crisis.
Un dato: para salvar a la banca en todo el mundo se han reunido cientos de miles de millones de dólares, en las mismas fechas, la FAO, pedía doce mil millones para corregir el hambre en el mundo, no los han conseguido....
Hace 60 años, lo esencial era estudiar las necesidades, y la economía y la técnica buscaban la manera de atender las necesidades. Hoy la ciencia, que es lo único que avanza en la sociedad, inventa nuevos productos, y después genera las necesidades. Antes se trataba de buscar satisfacción a las necesidades, y ahora se trata de buscar mercado para lo que se descubre.
Estamos adoptando una forma de pensar puramente de mercado, sin ética, pensamos en que si puedo hacer una cosa, la hago, no pensamos en si puedo hacer una cosa: ¿debo hacerla, se debe hacer?, estamos transformando el mundo en excesivo pragmatismo. Eso da una sensación de impunidad y prepotencia que ha dado lugar a que las fuerzas económicas, las bancarias, se metan en las operaciones que han hundido a muchas de ellas.
El hambre no importa a los banqueros, se ha perdido el respeto al medio ambiente, y por ende a la propia población. No hay ética.

L-La ética se ocupa de las realidades comunes a los humanos, pero para concretarla nos surgen las diferencias, como por ejemplo, la muerte, vivimos la muerte de diferentes formas, aquí es donde entra la moral.
La ética en el actual contexto de globalización es el hogar, ¿como tratar el único hogar que tenemos, que es la tierra?, implica tecnología, valores de cuidado, no explotación excesiva de los recursos naturales, una vida sin derroches. Son valores globales, pues hemos pasado de vivir en comunidades aisladas a una única comunidad. Hay que ver los puntos comunes que podemos firmar todos para vivir en paz, en la única casa que tenemos que es la tierra.
Si el ser humano es el fin en si mismo, y no un medio para utilizar, hay valores que son inherentes a la persona, el principal, el derecho a la vida.
La razón debe actuar midiendo valores, procesos pedagógicos. La educación es importante porque encauza a las personas hacia los valores universales. Hay que partir el proceso planetario, no hay que partir de una sola ética, la hegemónica, la occidental e imponerla a la otra ética, sino que tenemos que refundar la ética desde la condición concreta humana. Los hechos comunes a los seres humanos: todos aman, tienen miedo al dolor, a morir, tienen nostalgia...son situaciones comunes a la condición humana.
¿Cómo a partir de este nudo que todos comparten, podemos fundar una, no ética máxima, sino una ética minima, valores mínimos que todos puedan aceptar?, porque dicen, eso me atañe, eso nace de mi mismo.
Uno de los valores fundamentales es CUIDAR, porque el cuidado protege a la vida. Todos tenemos el sentido de compasión de cara a alguien que sufre, no ser indiferente. La compasión es profundamente humana y la otra dimensión es la de la cooperación, ayudar a otro que está caído, son dimensiones de la profundidad humana,
Porque somos seres que vivimos juntos, la sociedad es cooperativa, no siempre es competir. Somos seres inteligentes, de construcción, pero también seres de egoísmo, de rechazo, de exclusión. Tenemos que darle fuerza a las dimensiones del CUIDADO. Todo el proceso de civilización es reforzar las dimensiones del cuidado.  A nivel mundial hay que subrayar que hay que ser tolerantes, aceptar la diversidad, que otro por ser diferente no es desigual ni ajeno a mi, solo diferente.
Esa tolerancia, comprensión, esa convivencia es un imperativo fundamental, porque hay tantos fundamentalismos, que toman su doctrina como la verdadera que quiere imponerla por la fuerza.
Hoy se hace más necesario esa tolerancia, esa convivencia, y la alegría de vivir, de convivir construyendo juntos, buscando crecer juntos. Es el gran reto pedagógico de la conciencia planetaria.

JL-¿Y qué se puede hacer? Buscar otra cultura y recuperar la libertad, la dignidad, el respeto (como valores tradicionales) y destronar al dinero del valor absoluto que tiene ahora. Destronar ese sistema de valores focalizado en el dinero. Esto exige una educación, y son los poderes públicos los que pueden montar esa educación, pero claro, lucharían contra el valor que les favorece a ellos. Hay que buscar otro sentido de humanidad, un cambio por la educación. Mientras tanto todos tenemos el deber de defender nuestra vida personal, individual y global, del universo entero. Somos una pequeña partícula del universo que tiene el deber de vivir la vida que se nos ha dado.
Pero quienes quieren cambiar el sistema les encargan a los mismos q hundieron el sistema que lo recomponga, y tenemos que oponernos a eso.

Tenemos que pensar en una actitud que rectifique nuestra forma de vivir, mientras que unos poco derrochan, otros muchos se mueren hambre.
Gastamos dinero en buscar agua en Marte y mientras corrompemos el agua del planeta, escaseando ya en muchos núcleos de población.
En cincuenta años, se va a tener que imponer un cambio brutal del sistema. Apostaría por del decrecimiento para los que despilfarran en favor de los que pasan hambre.
Claro que el débil siempre quiere reglas y justicia, normas, mientras que el rico quiere libertad para hacer lo que le de la gana. Los países ricos prefieren estar como están a un gobierno mundial en el cual los pobres puedan tener voto.
Una de las razones que más dan los que estén a favor de la globalización es por el progreso de la técnica, porque  hoy hay necesidad de negocios y operaciones planetarios y la necesidad de actuar en todas partes, pero esos medios técnicos también se podrían usar para expandir y mejorar la justicia en todas partes, la educación en todas partes, pero eso ya no les interesa porque entonces se estarían cuestionando sus privilegios y se concentran solo en la economía que es lo que les importa. Pero a medida que la técnica avanza, concentrada en problemas planetarios, como la energía, el progreso técnico impone un gobierno mundial.
Cuanto mas mejoran los medios de transporte y comunicación, mayores muros y barreras se establecen para el movimiento libre de ideas y personas.

L-¿Sabes?, la carta de la tierra inaugura el siglo XXI, apoyada por la ONU y la UNESCO, intenta una mirada global del ser humano, viendo que somos parte del proceso de evolución de la tierra. Dentro de este proceso inmenso, está el ser humano, con su singularidad, que constantemente se cuestiona cuál es su lugar y su deber en su existencia.
Incorpora lo mejor de las tendencias de la ecología, que apunta hacia lo sostenible. Mira la ecología social, la no violencia, la convivencia. Asume lo mejor de la ecología interior que es ¿como convivir con los movimientos interiores, lo prejuicios, temores, los valores? y una ecología integral que ve la totalidad del universo, que ve que somos responsables de la tierra y de que la vida humana sea una vida feliz y fraterna.
El eje principal de todo sería el desarrollo sostenible. Todo tiene que tener la fuerza de crecer sosteniéndose.

Las alternativas energéticas deben encuadrarse en el contexto de los problemas estructurales de sostenibilidad. La energía fósil tiene límites, para el 2030 se acabaran las reservas de petróleo. ¿Qué alternativas tenemos? Si queremos mantener el índice de crecimiento de automóviles, de industrialización arrolladora que utiliza demasiada energía, de poco servirán alternativas energéticas, porque supone sostener este tipo de crecimiento.
Hay que partir de la simplicidad voluntaria, tenemos o necesitamos mucho menos para ser mucho más. Es insostenible mantener el nivel de crecimiento de vehículos. Tenemos que cambiar, no de matriz energética, sino de tipo de cultura basada en los bienes materiales, de consumo ilimitado y con sobreexplotación de los recursos. O cambiamos de relación con la tierra, aprovechando los recursos, pensando en las futuras generaciones, la solidaridad generacional, o vamos al abismo. La cultura capitalista, tan material, poco sensible a valores, no quiere renunciar a nada, va a llevar su lógica hasta el final, y llegamos a un punto de inflexión tremendo con una humanidad que se enfrenta al hambre, a la sed, a conflictos entre naciones desesperados que quieren comer, crisis mundiales porque la tierra ya no ofrece comida para todos.

JL-¿Y la ciencia? es de todas las estructuras de nuestro sistema, la única que avanza (la cultura no avanza, la religión, menos) y va a imponer muchas cosas, por ejemplo, adaptaciones de la genética sobre el propio cuerpo humano. Y será indispensable una autoridad mundial para evitar estos desconciertos y conflictos.
El hombre ha hecho con la palabra la civilización. El siguiente paso en el progreso del hombre será la tecnificación del propio cuerpo, que modifique la estructura física del ser humano, implantación de chips que puedan dirigir al propio hombre pero ese futuro será ya ciencia ficción, como la teología...



Nuestros personajes José Luís y Leonardo, son en realidad José Luis Sampedro (escritor, catedrático de economía estructural) y Leonardo Boff (filósofo, franciscano, uno de los padres de la Teología de la Liberación).

Escuchemos con más asiduidad éste tipo de voces, no dejemos que pensamientos sencillos, humildes, coherentes y humanos como estos queden ocultos por las grotescas voces que nos envuelven, constantemente y desde numerosos frentes, imponiendo los pragmáticos dogmas actuales que hacen que lo verdaderamente humano quede en voces adormecidas por el sistema…

martes, 14 de diciembre de 2010

Una llamada a la vida Conmigo


Te espero en el camino


-Ja,ja,ja, pero, ¿qué te sucede Pablito?. Estás pálido.
La muchacha me miraba con unos ojos marrones, lindos, una sonrisa angelical, limpia.
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?-le pregunté.
-¿No recuerdas?, llegue ayer a la tarde, me llamaste y aquí estoy. Verdaderamente estabas muy bebido cuando me viniste a recoger a la estación, y la noche no mejoró tu tono de cordura, pero te veía muy gracioso. Hacía tiempo que no te notaba tan desenvuelto.
-Bueno, no creo que el alcohol tenga bondades que halagar a estas alturas, sobre todo cuando las resacas te descubren momentos inesperados como este.
-Deberías, entonces, escoger mejor tus momentos de debilidad para involucrar a terceros, ¿no te parece?.
-¿Por qué me dices eso?, con una llamada de teléfono ¿has venido hasta aquí?.
-No ha sido una llamada Pablo, fueron media docena, a las cuales te contestaba que no era oportuno, que no nos haría bien a ninguno de los dos, pero sobre todo a ti. Aún así, te empeñaste en que abriese el correo electrónico y leyese unas notas que, según dijiste, habías escrito para decirme lo que no te atrevías a expresar cara a cara. Me quede muy sorprendida, anonadada, triste y culpable. Te notaba tan desesperado, en tu voz, en tus letras, que pensé que realmente sería necesario hacer este viaje.

Pablo resoplaba mientras mantenía su cabeza entre sus manos, tratando de no perder el equilibrio mientras asumía una situación que le parecía irreal. ¿A que altura de la semana, de su vida había comenzado a perder la capacidad de controlar sus impulsos?, pensaba en silencio mientras mantenía los ojos cerrados para que los rayos de luz no le punzaran la vista.

-¿Me permites leer las líneas que te escribí y que tan impetuosamente han concebido tu presencia aquí?.
-Naturalmente. Llevo impreso el correo. Está en mi bolso, acércamelo, justo detrás de ti.
Pablo le acercó un minúsculo bolso plateado alargado, con flecos grises impregnados en brillantina.
-Veo que todavía sigues comprándote baratijas en los mercadillos chinos.
-Anda, cielo, no importunes tan temprano, que deberías estar más bien agradecido de amanecer conmigo en este hotel y no tirado en un banco de cualquier calle. Toma, la carta. Veo que no te tomaste mucha molestia de hacer un borrador, porque tú, como siempre, en tu línea de escribir para ti, haces que no concuerden algunas palabras, ¡hijo, repásate un poquito antes de mandar nada!.

Pablo tomó la carta y comenzó a leer para sí:

“Estas letras que te escribo pueden no ser para ti cuando las leas,
Son un alivio del corazón,
Que en éste momento se encuentra roto.
Si te contara el pesar que siento,
tendría que decir indiferencia y remordimiento.
Siento que te quiero,
Desde lo más profundo de mi corazón,
Pero te veo  tan lejos que no encuentro razón,
O no quiero encontrarla, para seguir queriéndote.
Ante esto me desplomo porque no tienen explicación
Las palabras que ahora te escribo.
Si te dijera quien soy en este momento,
Pensaría en una persona abandonada por sí mismo.
Busco la compañía de la primera persona que me llame la atención,
Busco a “esa” persona en cada coche que se cruza,
En cada mirada que esquiva la mía, en cada sonrisa que me gusta,
Pero en ninguna de las veces en que “no” te busco
Siento la necesidad de que aparezcas.
Me he abandonado sin remedio,
Y conmigo te fuiste tú.
Me encuentro en el desamparo,
Tendido al primer calor que se aproxime,
Y temo que, al entregarme, desesperadamente,
Pierda la identidad que contigo he significado.”

Pablo dobló la carta y se la devolvió a la chica que se encontrada sentada en el borde de la cama, ya casi vestida y con ademán de incorporarse para terminar de vestirse, pero fue frenada por las manos de Pablo que la invitaron a permanecer sentada.
El se giró, dándole la espalda y se dirigió hacia la ventana. Miraba pensativo, acariciándose la barba suavemente, entre confundido y buscando la serenidad para dar la contestación correcta al escenario en el que se encontraba.

-Pablo, no puedes ser tan inmaduro. Denotas una sensación de caprichoso cuando te muestras tan vulnerable que no te conviene. Frustrarte tan fácilmente cuando no consigues algo en el momento que te place, o no saber disfrutar del momento en el que vives porque deseas entonces algo distinto a lo que tienes, y aún consiguiendo ese “algo” distinto, te vuelves a frustrar porque entonces deseas todo lo contrario, te hace de poca confianza para quien está a tu lado, bien sea pareja, amigo, familiar o compañero de trabajo. Debes usar un criterio más equilibrado para afrontar cada momento del día-le espetaba ella.

-Estoy harto de escuchar eso, de ti y de mi familia, estoy harto de ser el niño bueno, estoy harto de hacer lo adecuado. No quiero haceros daño a nadie, pero si que quiero en cada momento hacer lo distinto a lo esperado, a lo deseado por el instante, por cada uno de vosotros, por vuestras y mis expectativas. Si abres la ventana y miras atentamente, ¿qué ves?, amor, trabajo, “bienestar”, estabilidad y tranquilidad. Puedo estar horas contemplando, ahora, las bondades de mi vida. ¿Y cuáles son esas bondades?, las mismas que me afligen. El amor, el trabajo, ésta mal llamada “estabilidad o bienestar”, tan corrompido y falso. Me inquieta el futuro, pero en el sentido de no tener libertad.

-¿No te sientes libre?

-No, creo que no, porque no se si hago siempre lo que quiero o lo que debo.

-Pablo, piensa tranquilamente en lo que quieres y en lo que estás haciendo.

-Hablamos, entonces, más tarde…

lunes, 13 de diciembre de 2010

Una llamada a la vida Conmigo Primera llamada….

Recuerdo una mañana que me levanté en otra cama que no era la mía, entre paredes que aún no reconocía, a una hora que un lunes jamás hubiera pensado que, siendo no festivo, podría desencadenar tal resaca de incertidumbre. Tenía el cuello destrozado, no encontraba la almohada (realmente no había dormido con almohada). Miré a mi derecha y ví un rostro que, a priori, no me era familiar. Conforme fui despegando las lágrimas solidificadas de mis ojos, como en una película en la que James Bond se recupera de un fuerte golpe en la nuca, pero como buen héroe no le supone secuela para seguir con su misión, voy despedazándome del hastío de la inconcupiscencia del momento, pues me veo como un alma refleja que observa desde fuera el cuerpo corrupto por una noche de alcohol.
No se si es un sueño que recuerda al momento actual o realmente estoy viviendo el mismo momento soñado pero en diferente escenario. El caso es que ahora mismo he vuelto a mirar a mi derecha y el rostro ha cambiado, es más, el olor ha cambiado, o mejor dicho, emana un olor que anteriormente no existía. Menuda confusión, no reconozco ese olor, pero me noto aún más trastornado al inspirar con fuerza, como si con ello absorbiese mejor los caracteres definitorios del perfume que trastoca momentáneamente mi mente. Me acerco, conmocionado (pues tengo un dolor de cabeza que me provoca deseo de arrancármela como un casco de moto), al cuerpo, que descubro desnudo, postrado sobre la cama. Deslizo mis dedos sobre su espalda y descubro brevemente debajo de la sábana, que cubre el coxis, una fisionomía femenina de la que emana el olor, avinagrado, reciente y resultado de un momento de estrés físico víctima de un  acalorado ejercicio súbito, y que conociéndome, me supongo breve.

         No salgo de mi asombro, ¡Yo!, que tratando de salir del atolladero en el que me encuentro, me despierto junto a una persona, desconocida y con la que parece que ¡he compartido más que un momento de radio para dormir!, (enfatizo el momento, no por triunfal, sino por la pérdida de libido que sufro desde hace unos meses, y que parece recuperada).
Empiezo a deambular por la estrechez del dormitorio, preguntándome, ¿dónde estoy? y ¿cómo he llegado hasta aquí?. Despejo las cortinas de la ventana y me asomo vislumbrando un bosque de pinos que me hace sentirme más confundido aún. ¿Qué es esto?, pero ¿cómo he llegado hasta aquí?. Comienzo a ponerme nervioso y se me ocurre mirar entre las ropas esparcidas por el suelo buscando mi cartera, para ver si soy quien creo ser, (me siento sumido en una paranoia descomunal, en un sentimiento de bipolaridad, de no creerme ser quien soy).
Mi ropa no está, comienzo a sudar, a pensar en que pudo pasar anoche, que pude hacer para estar como estoy, y la frente se humedece hasta tal punto que las gotas de sudor discurren por mis sienes sin sentirlas caer hacia el vacío, siendo éste por ejemplo mis pies, pero al no sentir el tacto de las gotas romper, me siento sumido en el aire, perdido, confundido. No creo lo que me está pasando, no conozco lo que está sucediendo en mi vida….

         De repente, el cuerpo de la chica se gira, aparta suavemente el pelo que le cubre la cara, y descubre su rostro, y se queda mirándome con ánimo de decirme algo, pero mi cara desencajada del susto (y es bella la mujer) se adelanta a su iniciativa desesperadamente y pronuncio con la voz rota: ¡pero que haces tú aquí!....

jueves, 2 de diciembre de 2010

Una llamada a la vida Conmigo… Miradas perdidas

Leonor

Leonor tomaba su taza de consomé resguardada al calor del brasero encendido. Su mano temblorosa le dificultaba sorber el caldo sin derramarse algunas gotas en el intento. Los ojos, caídos por la edad, estaban fijos en el rostro de su hermana que realizaba movimientos similares con su respectiva taza pero con menor dificultad. Tenía la mirada perdida en su hermana, como si estuviese desnudando su mente o quisiera transmitirle lo que pensaba.
En el salón se escuchaba el televisor de fondo, aunque sin prestarle mucha atención, mientras se afanaban en apurar los últimos tropezones de huevo duro y jamón picado con la cucharita del café.

         Leonor sentía la necesidad de hablarle a su hermana, como en otras muchas ocasiones, pero sentía que le vencía el incombustible calor que le estaba irradiando desde el pecho hasta el resto de su cuerpo.
Quería decírselo, igual que quiso decirle, en su momento,  lo de Mateo “El Pilote”, vecino de la huerta, de toda la vida, y del cuál su hermana estaba perdidamente enamorada, y al que descubrió junto a Leonor paseando por el río una tarde de verano siendo jovencitas. Nunca le perdonó aquella “infidelidad” perpetrada entre hermanas, nunca pudo, Leonor, explicarle aquel paseo, inocente para ella, convocatoria en la que pretendía declararle el amor de su hermana al hombre al que amaba y que se transformó en una destructiva mala interpretación de los hechos. Nunca pudo, bien por tozudez de su hermana, bien por cobardía de Leonor, decirle lo que realmente sucedió aquella tarde.

         El calor se transformaba en punzones para cada milímetro del interior de su cuerpo, y no se atrevía a exhalar palabra para quién desde hacía años, no existía más que resignada convivencia de conveniencia, huidiza de la tan temida soledad. No sabía como hacer para decirle que sentía una ebullición de sentimientos que caerían, en breve en un corazón podrido. Recordaba como no supo nunca decirle que ella no quiso mostrarse más complaciente con “Papaíto”, ni cómo intentaba acercar su hermana hacia quién sólo quería proteger con sus ojos a la pequeña de la casa. No podía olvidar la tristeza que le provocaban los ataques de celos e ira incontenida que su hermana sufría cuando las caricias en la mejilla y la repetición de besos de su padre eran para Leonor, para la pequeña. En aquel caso, nunca, tampoco, tuvieron la cercanía, el valor, de hablarlo, y con los años, otro muro que se edificaba entre ellas.

         Leonor notaba la falta de aire, la fatiga en sus entrañas, la mirada nublada. Extendió la mano intentando coger la de su hermana. Quería por fin hablar, decirle lo mucho que la quería, pedirle perdón por lo que se hubiese sentido ofendida, reprenderla en lo que la hizo sufrir, sincerarse en todo aquello que se guardó día tras día, año tras año, indiferencia tras indiferencia. La mano huesuda, arrugada, sudorosa, se desplazaba lentamente por el hule de la mesa, como sedienta de abrazar otros huesos, otra carne igual a la suya, corrompida por el tiempo, pero necesitada de ese roce. Al fin, alcanzado el objetivo, agarró débilmente la punta de los dedos de su hermana, mientras la cabeza, sumida en la más absoluta abstracción, y falta ya de vida, se derrumbaba sobre la inacabada taza de consomé. Mientras tanto, Marisa, deshacía las lágrimas que caían en sus dedos entrelazados a los moribundos de Leonor.


Manuel

-¡Buenas noches princesa!
-Hola Manuel- decía suavemente, distante, mientras evitaba que el beso de bienvenida cayera en sus labios.
Manuel tuvo que conformarse con una leve caricia de sus labios en la mejilla.
-¿Dónde te apetece cenar?
-Vamos al Albaycín, que quiero un sitio tranquilo.
Manuel notaba el silencio establecido al arrancar el coche, interrumpido sólo por el tubo de escape picado.
Durante el camino, Él intentó iniciar una conversación tratando diferentes temas, a cada cuál más trivial, menos profundo, desde “¿qué perfume usas?”, hasta “¡Vaya la que está cayendo esta noche!”. Pero la respuesta era escueta y resolutiva, sin que diese pie a continuarla con una nueva frase.

         Llegaron al bar. El ambiente era apacible, tranquilo, con sólo dos mesas ocupadas también por sendas parejas. Ellos se acomodaron en una mesa centrada en la estancia, lejos de esconderse, y cerca de estar vigilados para incomodar cualquier intento de beso fugaz, al menos eso pensaba Manuel (empezamos bien la noche…).

         Una copa de vino, dos, tres, otra botella… El vino, a diferencia de la cerveza, provoca en Manuel mayor desenvoltura en situaciones difíciles, y la de esta noche iba a ser de las más duras para sobrellevar. Ambos comenzaron a mostrarse con más naturalidad, aunque quizás, tal sinceridad no gustara a Manuel cuando escuchó de los labios, de quién lo tenía completamente obnubilado, que esa sería su última noche.
Como quien esquiva hojas en una tarde de ventisca otoñal, Manuel quería no asumir que esas palabras serían definitivas para sus oídos. Se sentía muy cómodo, flotando en el arco iris que siempre había soñado alcanzar, o al menos esa noche quería que fuese su arco iris.

         Ambos hablaron y hablaron hasta que notaron unos leves toques en sus pies, de quien deseaba acabar la faena de alimentar a la carta a los comensales que gustosamente habían elegido su local para cenar. Los dos se miraron, pero como en el resto de la cena, no se dijeron lo que sus ojos transmitían. Pidieron la cuenta, se despidieron del cansado camarero y salieron. Volvieron a mirarse. Manuel sintió una aguja de hielo atravesarle la garganta. Sus ojos ingrávidos esperaban una sola frase, la no deseada, evitaba parpadear, sosteniendo los ojos húmedos de quién Él esperaba se despediría para siempre.
La respuesta fue contraria a las expectativas de Manuel. A propuesta de su flamante acompañante, montaron en su coche y se dirigieron a un local de copas donde poder compartir algo más de tiempo, hasta el esperado momento de la inevitable despedida.

-¡Para aquí Manuel, que tengo que sacar dinero!.
-Si, claro, espera que me coloco un poquito más adelante, en doble fila y así pueden pasar los coches que vengan detrás.
El motor quedó al ralentí. La calefacción o la propia rubefacción de Manuel por la tensión, provocaban un desasosiego en el esfínter que tenía que contener la botella de vino ingerida, que lo hacía tambalearse dentro del mismo asiento. A través de la ventanilla del copiloto, la noche, y el momento, le regalaban a Manuel una sonrisa, de aquel cuerpo que tiritando por el frío de la noche, esperaba que aquella máquina le diese el dinero.

         Manuel, nervioso, observaba aquella silueta alumbrada por un foco parpadeante en la estancia del cajero. Pero veía a alguien que lo hacía sentir especial, vivo, distinto a como se había sentido en mucho tiempo. ¿Amor?, quizás no en su más amplia definición, pero si en la máxima magnificencia de sentir el cosquilleo inconfundible de no querer desprenderse de alguien, al menos, (si con ello hay que conformarse) esa noche.
No había querido introducir el tema de qué pasaría entre ellos mañana, pasado… No quería incomodar sin dejar de disfrutar, ni un solo momento, de su presencia. No es que se viese superado por su excesivo servilismo, entrega, pero si observaba cómo una vela se apagaba sin tener el valor de acercarle una llama para que se mantuviese.

          A través de la ventanilla, observaba como su inoperancia provocaría alargar levemente el encuentro mientras consumiesen una “copa” sin compartir, ambos, sus deseos, sus sentimientos, sus miserias…
De repente, una opresión en el pecho, un torbellino de aire frío invadió su interior. Manuel, miró la intermitencia de la luz del cajero, la silueta en el acerado de quién estaba compungiendo su corazón. Salió del coche sin parar el motor, sin cerrar la puerta, y en dos zancadas su cuerpo envolvió en un abrazo eterno a su recién conocido Javier. Ambos, fijamente, desnudaron sus miradas y se dijeron todo en un segundo a través de un beso infinito…