martes, 21 de agosto de 2012

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS y el trascendental humano del amor


Todo esto fuera bien escusado, respondió Don Quijote, si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas. ¿Qué redoma y qué bálsamo es ese? dijo Sancho Panza. De un bálsamo, respondió Don Quijote, de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna[…].Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana”. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Capítulo X.

            Durante estas vacaciones he tenido oportunidad de debatir con diferentes amigos, y en diferentes escenarios, acerca del mayor problema que sufre la humanidad. No ha sido ni el hambre, ni las enfermedades, ni la crisis económica, sino algo que explica de base los problemas secundarios de nuestra civilización, el amor.
El principio de cada una de las tres conversaciones mantenidas en este mes ha sido que nuestra generación está experimentando  un estado de transición en el que este elemento vital está sufriendo un cambio conceptual considerable al someterlo a continuos análisis en lugar de configurar una parte innata de nuestro ser del que no cupiese el más mínimo atisbo de raciocinio para vivirlo.

            Teniendo en cuenta el intervalo de edad entre los veinte y los cuarenta años de los interlocutores, es obvio que ciertas experiencias de cómo se ha manifestado y vivido el amor en cada una de nuestras vidas permitían el inicio del análisis desde una perspectiva más o menos objetiva, sin entrar en detalles de si el resultado final constituyó una suma o una resta en nuestro desarrollo personal. En todos los casos la expresión final era que nos hacemos más exigentes para con la persona que a de venir a inundarnos de aquel anhelo inicial de pureza que constituyó “el primer amor”. Naturalmente, si empezamos la disertación con condicionantes difícilmente se podrá llegar a conseguir el objetivo fijado. Quizás la perspectiva planteada sea errónea y el intervalo entre la decepción con lo pasado y el futuro incierto se alargue durante años por estigmatizar el sentimiento con la razón, cuando no deberían, ni por asomo, rozarse las puntas de los dedos. Realmente cuando nos definimos exigentes, “con quien tenga que venir”, lo que estamos manifestando es una autoexigencia. Es decir, somos nosotros los exigentes con nuestra propia persona y dicha exigencia no responde sino a un sentimiento de inseguridad sobre nosotros mismos hacia la sociedad. Esta inseguridad puede plasmarse bien encerrándonos y viviendo autárquicamente, o explorando múltiples relaciones efímeras que tampoco permiten cubrir el vacío que uno siente al ver transcurrir su vida sin sentir aquello que nuestro ser reserva para compartir en la intimidad del duplo constituido por dos sujetos.

            Desde la perspectiva racional, disonante con lo expresado anteriormente, la soledad será un cauce más que un destino. El no “intentar”, sino “esperar”, no es una vía muy factible para paliar el quejío enmudecido que muchos de nosotros poseemos. Pensemos que la oportunidad es singular, la oportunidad es la propia vida, el resto son opciones que hay que ir escogiendo, acertando y equivocándonos, pero el miedo a errar no debe nunca paralizarnos. Quien no se equivoca de vez en cuando es que no está aprovechando sus opciones. Al igual que escoger una opción no significa que haya que perpetuarla. La búsqueda puede ser infinita, tan duradera como nuestra propia existencia, y no existe una edad concreta para alcanzar el objetivo.
Dentro de este contexto, el planteamiento moral de esta búsqueda es lo más controvertido del debate. Buscando fotogramas de cine me encuentro con la siguiente foto:



           
            Este caso particular lo estuvimos tratando una noche. Al hilo de la conversación inicial se postulaba la inconveniencia de que un hombre terminase dejando a su mujer por enamorarse de su hija adoptiva. Bien, dejando de lado el obtuso paralelismo con parafilias y la celebridad que ostenta el protagonista de esta foto, pensemos en lo siguiente. ¿Qué estas dispuesto ha hacer por amor?, ¿qué puedes aguantar en tu relación o en tu vida por miedo a estar sólo, y acompañado a la vez, pero no enamorado? Entro de nuevo en la oportunidad. La vida es una, no vas a vivir otra, por lo que tomar decisiones aupadas por el corazón no debería ser tan descabellado como mantener opciones guiadas solamente por la razón. Esto último sería vender nuestra vida. El ejemplo reflejado tiene el sustento de que los años han hecho perdurar esta opción. De los millones de personas que habitamos este mundo, situaciones tan arriesgadas, y a mi parecer, valientes y acertadas, se suceden de continuo, aunque no tienen, ni deben, tener trascendencia mediática. Y sin embargo, la inoperancia a desarrollarnos en tales encuadres arriesgados, nos mantienen con esta búsqueda ficticia que el tiempo transporta al conformismo.

La pasividad a hacer algo que quieres, que te impulsa el corazón, pero que te frena la razón conlleva a la frustración, de manera mucho más fuerte que la sentida por la decepción de una opción truncada. Y sin embargo todos queremos calmar esa inquietud por sentir, buscando un halo mágico, como el bálsamo de fierabrás que todo lo cura, esperando a que nuestra puerta vibre y se abra con un “aquí estoy, soy yo”. Al igual que el hambre nos podría impulsar a asaltar un banco, la necesidad de vivir, y no sólo limitándolo a respirar, requiere de aprovechar esa oportunidad que se nos ha dado, tenemos la obligación de vivir, ya que se nos ha ofrecido a cada uno de los presentes. Por responsabilidad moral, principalmente, hay que vivir.



            Cuando hablamos del amor, normalmente nos ceñimos al romanticismo, a las escenas concretas, a las palabras precisas, a los gestos halagadores, pero nos perdemos lo trascendental, lo humano, compartir en su plenitud. Aquí vendría bien ubicada la frase de “No me quieras tanto, quiéreme mejor”. El error que cometemos comúnmente viene descrito implícitamente en esta frase. Nos limitamos a menospreciar lo trascendental ciñéndonos a lo meramente significativo. Pero errar, nuevamente, es uno de los dos posibles resultados de este gesto, y debe siempre darnos cátedra para que a futuros podamos subsanarlo y obtener el acierto, que es otro resultado y además, siempre, el esperado.

            Quizás el discurso que hace tanto hincapié en el amor como principal sustento vital pueda parecer sesgado por un estado particular. Nada más lejos de mi intención. Otro día hablamos del por qué existimos. Pero viene a colación con otra de las conversaciones mantenida con una buena amiga sobre filosofía en el que nos planteábamos, dentro de los trascendentales humanos ¿cuál era nuestro trascendental?, ¿qué impulsa mi vida a vivirla? Lo lógico es que los trascendentales humanos viajen de la mano (el ser, la verdad, el bien y la belleza). Mi amiga Anabel me enseñaba un artículo de un filósofo amigo suyo que desgranaba los trascendentales y mencionaba uno que fue el que me identificó y el origen de parte de este texto. El trascendental humano de la donación/aceptación. No recuerdo el nombre del autor, pero pude fotografiar parte del texto que a continuación os expongo:

“Lo que toca a la dupla donación/aceptación como trascendental humano es hacernos conscientes de que contamos con algo más que interioridad: poseemos intimidad; que no únicamente manifestamos en la acción, sino que incluso la destinamos, la donamos. La donación es dual con la aceptación: una no se entiende sin la otra. Donar y aceptar van mucho más allá de manifestar y recibir. Podemos recibir a cualquiera y mostrarnos casi hacia cualquiera. La donación/aceptación como trascendental humano configura la entrega y dan pie a lo que culturalmente llamamos amor. Al amar, la donación se vuelve tan radical que se trunca si no hay aceptación. En la donación va el ser que somos, la intimidad que poseemos y disponemos; y en su correspondiente aceptar, abrimos la persona propia para fundir nuestra intimidad con la del otro. En la donación no medimos qué hacemos del otro y qué dejamos fuera, no calibramos si el otro está a la altura de nuestra recepción o si no somos convenientes para que nos reciban. Ambas están en otro nivel, por eso son un trascendental humano. ante alguien que se dona no cabe sino la aceptación completa, no hacia lo que es, sino hacia quien es, con lo que es y le rodea, con el todo que le hace existir. Algo que sólo las personas pueden experimentar como uno de los más nobles y prefectos actos de los que es capaz la voluntad humana.”
           



           Si tienes esta herida aún abierta, sea cual sea tu actual circunstancia, no busques que la magia lo cure, tú eres pura magia, tú tienes la oportunidad, explora todas las opciones, equivócate hasta acertar, nadie vivirá por ti, por tanto, para acertar vive.

viernes, 10 de agosto de 2012

EL GRADUADO


El verano se presentaba incierto, acababa de terminar las pruebas de acceso a la Universidad y me esperaban 3 meses por delante en casa de mis padres. Ellos estaban tan exultantes con mis perspectivas  de estudio de Ingeniería que organizaron una fiesta, con sus amigos, y algunos familiares.
Aquella noche anduve deambulando entre la gente, recibiendo agasajos y felicitaciones, algo perdido, como si la fiesta no fuese conmigo. Pensaba en aquella chica que había conocido en el colegio de Londres donde estudié. Empecé a recordar a Cristina despidiéndose de mí y diciéndome que sus padres la enviaban a los Estados Unidos a estudiar Publicidad y que posiblemente no volveríamos a vernos. Que lo vivido en este último año no tendría sentido continuarlo, que llevaríamos vidas muy diferentes y distanciadas. Era el primer amor y desamor de mi vida y esa sensación de abandono me tenía fuera de mí.
 Fui a la piscina a fumarme un pitillo y tomarme un gin-tonic a solas cuando escuché su voz. En la oscuridad sólo veía el vaivén de su vestido acercarse a mí. -¿Me das fuego?-. Me levanté he incliné el mechero sobre su cigarrillo. La llama iluminó levemente su rostro, pude ver su cabello rubio ondulado cubrirle la cara y el humo deslizarse por su pelo.
-Te veo aburrido en tu fiesta- espetó. Me que dé callado, mirando al suelo, fumando mi cigarrillo. –No entiendo este tipo de eventos, si hubiese sido una fiesta para mí habría invitado a mis amigos, pero mis padres siempre gustan de colgarse honores para lucirse frente a los demás-.
-Ya sabes como es la gente de este barrio, quieren aparentar siempre la casa más lujosa, el coche más caro…-, -Y el hijo más listo- le interrumpí.
-Acábate la copa y me llevas a casa- me dijo- mi marido está coqueteando con la mujer del piloto e imagino que me pondrá alguna excusa para quedarse cuando le diga que nos vayamos-.
Me quedé un poco sorprendido con la orden que me había dado, pero tampoco vacilé en dar un buen sorbo y cogerla del brazo para llevarla por la puerta del jardín hasta el coche. Me miró sorprendida con la decisión con la que la cogía, al ver que yo la había sustituido en su papel dominante de la escena. Entró en el coche y observé sus piernas, delgadas, estilizadas. Llevaba un vestido blanco muy fino, transparente, de cuerpo entero. En la parte de arriba la tela se cruzaba dejando a la vista un suntuoso escote.
En el trayecto no me dirigió ni una sola palabra, fumaba continuamente, como exasperada y nerviosa, el aire que entraba por la ventanilla permitía liberar su rostro del pelo. Era muy atractiva, delgada, los pómulos marcados, grandes pestañas, ojos azules y nariz afilada. La observaba de reojo mientras conducía. De vez en cuando ella abría el bolso y miraba el teléfono, esperando alguna señal, imagino que de su marido preguntándole que donde estaba, pero al instante lo guardaba de nuevo, con fiereza, y su enojo parecía acrecentarse pues cerraba el bolso con brusquedad y resoplaba.

            Al llegar a la altura de su casa aparqué sin parar el motor esperando a que se bajara. Abrió la puerta y salió sin decirme nada cerrando la puerta con fuerza. Dio 4 pasos y se quedó parada. Yo la observaba, dejó los brazos caídos, en una mano el cigarrillo y en la otra el bolso sostenido con desdén. Se giró y vino de nuevo al coche. Se asomó por la ventanilla: -¿Quieres una copa?-. Me quedé mirándola a la cara. Ella esperaba mi respuesta mirando a su lado derecho, con prisa y desgana. Yo no sabía que contestar, pero algo me impulsó a parar el motor y salir del coche. Fui detrás de ella hasta la puerta de la casa. Caminaba muy sensual, cruzando los pies al caminar lo que hacía que su ligero vestido bailase insinuantemente con la ligera brisa nocturna que corría. Abrió la puerta y tiró las llaves al suelo. Yo me acomodé en el sofá del salón, sentado, con las rodillas juntas, las manos entrelazadas, mirando al suelo y haciendo un juego de apoyo talón empeine con los pies. Creo que fue el momento en el que estuve más nervioso desde que me encontré con aquella mujer.
Regresó junto a mí con dos vasos con hielo, abrió una botella de vodka y sirvió en ambos. El suyo se lo bebió de un trago, sin esperar a que el hielo enfriase aquella áspera bebida que a mí me provocó una mueca de desagrado al mojar mis labios. Me acarició el pelo y me hizo un gesto con la mano para que la acompañara. La seguí obnubilado.
Mientras ascendíamos por las escaleras hasta la planta superior su contoneo se acentuó, yo miraba sus caderas sin ser consciente de que el broche que cerraba el vestido desde la parte superior había sido abierto y que el vestido se estaba deslizando por su cuerpo hasta que en el último escalón quedó postrado. Me detuve sorprendido. Ella seguía caminando en ropa interior hasta el dormitorio, mientras yo me quedaba en las escaleras ensimismado en aquel vestido tirado. Tragué saliva y me dirigí hasta la estancia en la que ella me estaría esperando. Había una pequeña luz iluminando tenuemente la habitación y me quedé plantado en el quicio de la puerta. Ella estaba sentada en un pequeño sillón de piel blanco, apoyando una pierna en la cama para ayudarse a desprenderse de las medias blancas que cubrían sus piernas. Se deshizo de aquel trozo de seda despacio, suavemente, mirándome a la cara. -¿Te vas a quedar ahí mirando?, quítate la ropa- volvía a ordenarme. En un lapso de tiempo me quedé sin capacidad para reaccionar, no sabía si salir corriendo o seguir sus instrucciones. Comencé a desabrocharme la camisa torpemente mientras ella se tumbaba en la cama. Pude contemplarla tendida y en ningún momento podía pensar que aquella mujer tuviese cuarenta y cinco años.




Me despojé de la camisa y busqué un sitio donde ponerla, entonces ella se acomodó y sentada en la cama me hizo un gesto con el dedo para que fuese hacia ella. Me acerqué, me quitó la camisa de la mano y con la misma lentitud con la que ella se había desprendido de su ropa me desabrochó el pantalón y lo dejó caer hasta el suelo. Instintivamente posicioné mis manos en la parte delantera del calzoncillo, pálido, nervioso, como el reo que sabe cuál el próximo acto al sentarse en la silla eléctrica. Ella me miró, esbozó una ligera sonrisa y se desabrochó el sostén. Mi mirada quedó clavada instantáneamente en la suntuosidad de sus pechos, mi perplejidad permitió que mis calzoncillos fuesen desmontados en un segundo por sus manos.
De repente sentí la calidez de su boca y dos gotas de sudor resbalaban por mis sienes, un cosquilleo ascendía desde mi vientre hasta mi garganta y no transcurrió más de un minuto cuando me encontré desprendido de una parte de mí.
Eché bruscamente un paso atrás y salí corriendo de la habitación. Bajé las escaleras de tres en tres, con el corazón palpitando revolucionadamente y un nudo en la garganta. Fui a la cocina, metí la cabeza debajo del grifo y me empapé en agua. Vi cigarrillos y me encendí uno. Salí hacia el salón, cabizbajo, fumando largas caladas y mirando a mí alrededor sin saber que hacer. Me acerqué a la chimenea, junto a ella discurría un anaquel que albergaba fotografías. Aparecía esta mujer junto a un hombre y una niña pequeña en un yate, ella sola en la playa con un sombrero de paja, un hombre con una niña en un jardín. Parecía una sucesión cronológica de su vida y apreciaba que la niña se iba haciendo mayor en cada foto hasta que mis ojos se postraron en una instantánea que me era familiar. La niña rondaría los diecisiete años, cabellos largos y rubios, ojos marrones, piel morena. Estaba en la piscina posando con un bikini azul y unas gafas de sol de pasta blanca y cristales negros, expresando una dentadura perfecta en su sonrisa blanquecina. Cogí el retrato y anduve por el salón observándolo incrédulamente, sorprendido de quien era esa muchacha y sintiendo un gran fuego en mi interior al descubrir a Cristina en aquella fotografía. Una lágrima cayó en el cristal y la ceniza la acompañó embarrizando su rostro.


Dejé el retrato en una mesa compungido y miré al frente. A la derecha estaba la puerta de acceso a la casa y a la izquierda las escaleras que llevaban a la planta de arriba. No me hubiera importado salir corriendo desnudo hasta el coche, pero giré a la izquierda…

viernes, 20 de julio de 2012

Réquiem por una noche de verano

  No hay nada más evocador de los recuerdos que la música. Te permite transportarte en el tiempo hacia situaciones de lo más diversas. Cada intervalo musical hace que te introduzcas en la escena de manera que no sólo recuerdas el momento, sino que puedes sentirlo casi con la misma intensidad con la que sucedió y, salvo los elementos pragmáticos que acompañan el ambiente, todo vuelve a quedar reproducido totalmente en la mente.               Llevo unos días en los que a cada momento me acompaña una composición musical, coral, que aunque en su naturaleza no se concibió para la escena que a continuación relato, llenó profundamente las horas que posteriormente se sucedieron.               Al igual que un cuadro como el “Guernica” de Picasso plasma la tragedia humana en tonos grises y me fascina por ser una obra que te concede vislumbrar la belleza de la humanidad a partir de las miserias del lienzo, es el contrapeso de la percepción de la magnificencia de la vida a través de los aspectos más deplorables que la humanidad puede cometer, así es el silencio para la música, el contrapunto que te ensambla hacia la hermosura del sonido.               Ante la insonoridad de una casa vacía, el chasquido de las llaves en una puerta que se abre comenzaba a armonizar el primer acto de una representación que se sucedía con el crujir de unos pasos sobre las baldosas de aquella vivienda antigua del centro de Madrid.               El silencio se apoderaba nuevamente de la dimensionalidad espacio-tiempo en el que se encontraban los dos cuerpos, que entrando en escena, se desprendían de sus revestimientos. Entraba en acción el calor como detonante de lo que, tanto dentro como fuera de aquella estancia, acontecía. Tras un golpe seco de la hebilla del cinturón sobre el suelo, los pasos volvieron a sucederse con la sonoridad que los pies descalzos emiten al caminar. Al instante se escucha un disco girar a toda velocidad y comienzan los aplausos del público del concierto que emanan del disco.               Desde la ventana se aprecian lenguas de fuego ascender hacia el cielo y los aplausos de recibimiento del público a la orquesta se confunden con las voces de la calle. La obra comienza, el Réquiem de Mozart irrumpe en el silencio de la estancia y mientras el coro entona la obertura, los dos cuerpos observan por la ventana las llamaradas que están consumiendo parte de la ciudad.               Un corcho sale despedido de una botella y el champagne se desliza por las paredes de cristal de las copas. Los dos cuerpos están entrelazados observando aún desde la ventana, compartiendo el líquido que los impulsará a desprenderse de la realidad que fuera busca hacerlos partícipes. Se suceden los besos y la obertura finaliza, dando paso al Dies Irae. El calor aumenta y el coro entona “Dies irae, dies illa solvet saeclum in faville” (dia de la ira, día de acción que transforma el mundo en cenizas).               El sonido del cristal posándose sobre la mesa antecede al silencio que se desarrolla en la lucha que ambos cuerpos inician por poseerse. Una copa se derrama en el cuello de uno de los cuerpos, discurre por las sinuosidades acompasado por los labios del otro intérprete del acto. El champagne desaparece poco a poco entre sus labios y las últimas gotas discurren hacia el vientre como lágrimas fundiéndose en el. El calor continúa acrecentándose. Suenan las lágrimas del séptimo acto del Réquiem, “Lacrymosa” uniéndose a las lágrimas que surgen en el exterior, “lacrymosa dies illa, qua resurget ex favilla judicandus homo reus” (lágrimas todo el día en el que el mundo está pendiente del juez).               Los cuerpos se fusionan intensamente, separados sólo por un halo de humedad que los desliza el uno sobre el otro hasta que el momento culmen de la música se entremezcla con el estrépito que emite la marabunta de la calle, gritando por sus vidas mientras incendian la urbe que los ha oprimido durante años y que ahora quieren verla renacer.               Tras el último gemido, una vela ilumina la estancia como un reflejo del cristal de la ventana de las lenguas de fuego que fuera les rodean. Es el año 2012 y arde Madrid mientras los dos cuerpos yacen exhaustos en el suelo. El Agnus Dei del Réquiem finaliza con “Lux eterna luceat eis, Domine, cum sanctis in aeterum, quia pius es. Réquiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”: en reposo, que la luz perpetua brille sobre ellos […], dales descanso eterno señor, que la luz perpetua brille sobre ellos, y así sucedió el principio de la despedida…

miércoles, 18 de julio de 2012

Proyectos para el verano


(Pon la canción mientras lees)

Con la última “levantá” de la mañana, justo el día en que tomas vacaciones, se te plantea cómo pasar los próximos treinta días de asueto que se suceden.
Te paras a pensar que estás sin un duro y que quizás la mejor opción para descansar y desconectar es la visita al “nido familiar”, pero sabiendo que un mes de compartir diariamente con tus seres queridos no cubre las necesidades de separarte de los aspectos cotidianos que van acaeciendo en el transcurso del año (bien sea por estar estudiando, trabajando o buscando trabajo, reinventándote…). Parece que necesitas encontrar la trascendencia al tiempo que vas a vivir fuera de la rutina, para que per sé no se convierta tu próximo devenir diario en un hábito. Hacer un viaje (no tengo dinero), visitar a algún amigo (debo compaginar mis vacaciones con las suyas), irte a casa de tu pareja aunque esté trabajando, a casa de tus suegros, o simplemente quedarte en casa. En cualquier caso es un reto que afrontamos cada año de manera más o menos improvisada.

Recuerdas entonces las prioridades que tenías de niño, qué te enriquecían en la infancia y cómo simplificabas para ser feliz día a día. La visita a los abuelos, juntarte con tus primos, ir a la piscina de tu pueblo con los amigos, quedar a echar una partida de baloncesto, tomarte unas cervezas en el típico parque aislado de la urbe donde nadie te veía fumar tus primeros cigarrillos… y el verano pasaba plácidamente sin cuestionártelo.

            Conforme cumples años, hablar de vacaciones puede convertirse en una pesadilla al no saber donde ubicarte y qué hacer, ni con quién. Quizás adquirimos ciertos valores materiales que nos impiden sentir la belleza de lo inmaterial. Que realmente nos enriquece. Poéticamente se te ocurre un atardecer en la playa, sin reloj, una puesta de sol en la sierra, un concierto de jazz al aire libre, naturalmente ninguno de estos planes suceden en soledad, sería triste y aburrido, y sobre todo, no los apreciarías como bellos.

            Vivimos cada vez en un ambiente más individual, y con los años nos volvemos más exquisitos hacia nosotros mismos, más huraños y apáticos a sentir con alguien a nuestro lado, pero llegan determinadas fechas en las que sientes la necesidad de compartir tu tiempo con alguien para que le dé sentido a tu vida. Somos seres sociables, y como tales, tenemos la necesidad de hacer partícipe a tu “yo complementario” de la maravillosa sensación que se siente al levantarte cada día percibiendo que merece la pena el mero hecho de respirar (aunque a veces nos empeñemos en ahogarnos con nuestro propio aire por convertir lo minimalista en grotescamente voluminoso, cada uno que piense en sí mismo y sus problemas, adquiridos o autoprovocados, sus agobios).

            El otro día en una charla volví a escuchar a Emilio Duró y su exposición sobre cómo afrontar con optimismo e ilusión la vida, trataba de rebatir esa frase de “hay una estación para cada tren…” y a continuación, exasperado fulminaba al público con un “¡sal a buscarlo hijo mío, la vida no se te presenta cómo, cuando y con quién quieres, hay que lucharla, hay que buscarla!”. Y es ese ejercicio el que, en mayor o menor medida, nos proponemos cada día ejecutar. Naturalmente con unos porcentajes de éxito variables. Lo que más me gustan de las montañas rusas, y escribe un doliente de vértigo crónico, es el momento en el que el vagón está subiendo, toma la cima y se para. Respiras hondo, te quitas el reloj y piensas lo bien que te encuentras. No sueles mirar atrás ni compararte con los momentos de triste debilidad que te han encumbrado ahora a lo más alto, al contrario de cuando estás abajo que siempre piensas que en cualquier momento de felicidad pasado. Y sin embargo, el vagón vuelve a bajar, aunque te resistas a sacar los pies para frenarlo, la caída puede ser brutal si no tienes un colchón mullido que te acoja al tomar tierra. Y vuelves a empezar.

            Dado que ahora se presentan unos días de incorrompible placer, o eso se espera siempre, la oportunidad de un “volver a empezar” debe ser la seña de identidad de cada día, pero siempre buscando la espontaneidad, pues ya lo dicen los abuelos cuando coges carrerilla y te advierten con ese “se te ve venir”. La búsqueda de la felicidad, y me refiero a la compañía que te permite esa percepción de regocijo, es un circuito de raíles con diferentes alturas, que si bien te enseñan que la cautela es uno de los frenos en la bajada, discurre a toda velocidad cuando te sientes que alcanzas el pináculo y reniegas de que suceda el más que esperado descenso, porque esto último no es lo que te hace sentir feliz.

            Tienes treinta días por delante y los quieres vivir deprisa, intensos, absorbiendo cada instante para relamerte con los jugos que te ofrece. Lo mejor para disfrutarlo es equivocarte constantemente, romper la hegemonía de lo normalizado, de otra forma te resultará difícil sentirte vivo.

            No tengo planes, pero quisiera poder disfrutar de la compañía de mi abuela, de la brisa del campo en la noche junto a la piscina departiendo con mis padres frente a un gin tonic, de bañarme con mis hermanos esperándonos una barbacoa de pescado, de tumbarme en el césped, la playa, con mis primos hablando largo y tendido de lo banal y lo divino, de conocer nuevos rincones con mi Perico, y por supuesto, espero disfrutar de una puesta de sol en la sierra, de un atardecer en la playa, de un concierto de jazz al aire libre, y de sentir la espontaneidad de un beso inesperado que me encumbre de nuevo a lo más alto de esa sucesión de raíles con altibajos que es la propia vida.

           

           



lunes, 16 de julio de 2012

TE ECHO DE MENOS…



         Te acabo de dejar y ya te estoy añorando… pero tenía que hacerlo, sabes que no podíamos seguir así, me ibas a destruir la vida, éramos incompatibles. Mientras yo deseaba estimularme tu me apagabas, no me complementabas en absoluto, y sin embargo ha sido tanto lo compartido, tanto tiempo juntos, madrugones, días de sol, nubes, lluvia, y no te separabas de mí… Sólo de volver a acordarme de ti ya me genera ansiedad… aquellas largas noches en vela, los juegos en la cama, las manchas en las sábanas, menudos desastres éramos, el olor… a veces agradable, a veces deplorable.

         Soy consciente de lo que estoy haciendo y se que me va a costar mucho mantenerme firme en mi decisión, pero creo que a esta altura de mi vida he de plantearme un nuevo camino que se acompañe de nuevos retos. He superado otras crisis, lo sabes, tengo seguridad a cada paso que doy, lo que no significa que cada paso sea correcto, has vivido conmigo cada metedura de pata que mejor no recordarlo.


Pero… ¿y cuando ahora en vacaciones vuelva a ver a mi familia?, me acordaré de ti a cada instante, quizás sea el momento más duro, no tanto por mi padre que hace años que dejó de confiar en ti, pero sé que mi madre aún sigue teniendo contacto contigo, a escondidas, y mi hermana… en fin, trataré de ser fuerte, de superarlo, no sé, quizás el ejercicio, buscando algo que hacer calme esta inquietud.
Hoy al llegar a casa después de lo de esta mañana no sabía si llorar o reír, tal desasosiego me causas que me siento esquizofrénico.

Si me vieras, imagíname, como en otras ocasiones, sentado frente al portátil, escuchando jazz y bebiendo gin-tonic. A veces me quedaba en blanco y en la oscuridad de la noche te miraba, lo iluminabas todo, el breve tiempo que me acompañabas, una y otra vez, era un gozo instantáneo, el humo acariciándome la cara mientras me quedaba pensando junto a ti…

Maldita sea, ¿cómo puede ser que me tengas tan enganchado?, no, no puedo seguir contigo, lo tengo claro, me vas a matar, me tienes buscándote a cada momento, me sales a 36 minutos de media lo que estoy contigo diariamente, que descontando las pocas horas que duermo últimamente y el trabajo, es cada 15 minutos el intervalo entre que estoy contigo y dejo de estarlo. Esto significa que me dominas, que puedes conmigo, que me anulas como persona porque me hago dependiente de ti.

Soy consiente de que esta primera semana lo pasaré mal, trataré de no caer en la tentación, de ser fuerte, de saberme que me espera un futuro mejor sin ti.
Eres una muerte lenta, pero enganchas tanto…. Ay, maldito tabaco!!!

lunes, 18 de julio de 2011

AGÍTESE ANTES DE USAR


         Estoy comiendo techo, tumbado sobre la cama, con la persiana casi bajada por completo, el aire acondicionado a 24 grados y el ordenador postrado a mi derecha emitiendo un documental en inglés, subtitulado, que me recuerda las mentiras de este mundo hipotecado hasta en los callos.

         No para de sonar la misma canción en mi cabeza:”Tú tienes la ranura, yo tengo la moneda…chin, chinchinchin, chinchinchin…”, que horror… ¿En qué momento alguien entró en un bucle y comenzó a desvariar musicalmente ayer?. Y venga, que te agarro de la cintura, que te revoleo para un lado, para el otro, la manguera escupiendo el agua de la comunidad en el punto justo de temperatura, y los cócteles siendo ingeridos sin control.
Uf, ¡que dolor de cabeza!. No se que me martillea más, si mis malos recuerdos o el exceso de azúcar metabolizándose con el alcohol en mi estómago, mis riñones, mi hígado y mis pulmones (mira que “anatomopareado” me ha salido). Y ni decir de las fotos… mientras el vino de la comida te encumbraba, cual adonis esculpido en mármol renacentista, las fotografías te desnudan al  aprendiz de “guiri”, enrojecido, por el sol y el alcohol, henchido o hinchado (sin florituras) en los mofletes cual hámster que acumula alimento para el futuro.

         Puf, el móvil, mi madre… ¿qué le digo…?, luego la llamo. “chin, chinchinchin…”, jajaja, que canción más absurda. La verdad que lo pasamos muy bien, aunque no recuerdo por qué me ausenté en un par de ocasiones de la fiesta, seguro que me entró el bajón. Es difícil mantener la estoicidad de imparcialidad cuando la mente te está pidiendo otra cosa, pero creo, y espero, recordar que dí la talla. Hubo una sonrisa que de vez en cuando me pedía el delito lujurioso de cerrarla, pero hubiese sido como el adolescente que se fuma su primer porro y cree ver elefantes balancearse sobre la tela de una araña y pretende empujarlos con su manecita, posándose ésta, en realidad, sobre las posaderas ancianas de dos “abuelitas” que están comentando la telenovela del medio día, es decir, un suicidio…
¡Cómo me duele la cabeza, me va a estallar…! y hay una vecina que lleva un a hora pasando el aspirador, que ruido más insoportable, ¿cuándo parará?.

¡Joder!, me estoy acordando de los comentarios de ayer a la novia de aquel chaval… si es que vas de listo por la vida y no paras de meter la pata… anda que mentarle a la gente de Linares que son tan emprendedores como los que montaron una fábrica de paraguas en Almería… menuda mirada me echó, y con lo de “sesador de pollos”, sabiendo que ella tiene una granja de gallinas y su familia son “los hueveros”, y tú dale que te dale con la imitación de Gracita Morales que se queda embarazada por el huevero, interpretado por Alfredo landa. Madre mía, me acuerdo de esto y me acrecienta el dolor de cabeza. Aunque no estuvo del todo mal, cuando sacaste a bailar a la otra chica y la revoleaste por todo el pub al ritmo del “tractor amarillo”, y tú a lo Jhon Travolta, de nuevo el efecto nocivo del alcohol, te ves con la fuerza, el ritmo y la coordinación suficiente para transportar grácilmente a la delicada muchacha, y realmente lo que estás es fregando el suelo con su pelo, mientras uno de sus brazos lo agita con vigor pidiendo auxilio y una pierna suya se apoya en uno de tus mofletes, a punto de estallarte las pipas por dentro. No puede ser, sí, eso también lo hice…

Ojala me encontrase postrado una temporadita en esta cama sin contactar con el mundo. Entre el calor, el dolor de cabeza y los recuerdos del día anterior… el ridículo más soberano junto a la inestabilidad social más latente hacen que me vea recogiendo mi autoestima con un badil. Y los mensajes…ni releerlos. La próxima vez dejo el Iphone en el piso y salgo de marcha con un Nokia de los de 2 kilos de peso. Menudo aprendiz de Gloria Fuertes con dislexia y de Sánchez Dragó con diarrea estoy hecho, y ¿esto se lo publiqué en su muro a la muchacha?, normal que no haya tardado ni un segundo en mandarme un mensaje al teléfono postrándose loca por mi al leer lo siguiente: “con los dedos de las manos y los dedos de los pies, los cojones y la poll… todos suman veintitrés…”.

¡Dios!, este ateo te invoca para que uses un dedo que lo fulmine de inmediato. Menudo día me espera de recibir mensajes a consecuencia de lo que ayer acaeció, al menos de lo que llego a recordar, que de seguro, serán más las escenas de mi interpretación de ayer… Estoy por ahogarme con espuma de afeitar, si pudiera llenarme la boca de la espesura de la crema de afeitar y rápidamente desaparecer… joder, ¿lo pruebo a ver?, total lo más que puede pasar es que salga escupiendo por el pasillo. A ver, dice: “Agítese antes de usar”, si hombre, estoy yo para vaivenes con el brazo, que, encima ni para un alivio del luto me encuentro, imposible autocomplacer al “señor calvo” que aún está intentando recuperrarse del intento, del anterior Travolta, de dar vueltas con la chica enganchada a través de sus tirantes a los dientes de mi bragueta, el intento fue fútil pero el cabezazo ni te cuento…

miércoles, 13 de julio de 2011

PENSAMIENTO INTUITIVO


         A veces tengo la sensación de estar equivocándome en cada paso que doy. Ciertamente, el trato con las personas, es la actividad más complicada que desarrollamos a diario en todos nuestros ámbitos, ya sea profesional, familiar, personal, sentimental, social, y hasta incluso el cruce de miradas evaluadoras de quienes nos cruzamos (a veces dejamos la cabeza agachada, y otras sostenemos “chulescamente” la mirada, todo es en función de quien nos distraiga la vista).
Es difícil contentar a todo el mundo que te rodea, a los compañeros de trabajo, a tus amigos (hay que cultivarlos), a tu familia (quién no discute con una madre, más que con un padre, sobre “cuando vas a venir a vernos”, hay quien dice que ‘hay que cuidar bien a los hijos, pues ellos serán quienes elegirán tu residencia de retiro el día de mañana…’), mantener a tu pareja con el equilibrio suficiente para no pasar del polvo al barro, y hasta incluso, hay que saber como actuar con quien no espera que desarrolles una acción más allá de lo predecible.

         Enamorarse, ¿es una acción?, NO, pero… tratar el enamoramiento, o cómo actuar para no descubrirte antes de tiempo… SÍ. Dicho así parece que uno debe realizar una serie de artimañas, para embaucar al afectado de los caprichos cerebro-cardiovasculares, que fluyen, mitad del hipocampo, mitad del dedo índice en la mano de un manco, sí, de la soledad, y de estos artificios obtener la respuesta inmediata esperada.

         ¿Quién controla el qué?, ¿qué decide a quién?. Lo rutinario es que lo fácil de conseguir, lo sencillo de obtener en un corto espacio de tiempo, sea lo que previsiblemente cubra nuestras expectativas primarias. Lo difícil constituye el reto diario al que queremos enfrentarnos, para que nuestro subconsciente tenga un tiovivo en el que entretenerse, como el dueño de los coches de choque que se paseaba con toda chulería de un coche a otro mientras tú comías goma por la gracia del más tonto de tu pueblo que cumplía años en la feria y disponía de más fichas para hacerse el amo de la pista. Del mismo modo, cuando salimos a la calle, y no sé si es un caso particular, deseas convertirte en el maduro del “Último tango en París”, conservando la tripita que Marlon Brando lucía en ella a los cuarenta y diez, y que uno luce a los “veintionce”, con la soltura de un militar al que le pasan revista. No quiero referirme a que un “asaltacunas” invada mi psiquis cuando los renacuajos pisan el asfalto, sino que, inexplicablemente, sientes el deseo irrefrenable de vivir tocando un Bandoneón a dejarte la sesera sobre una mesa y un ordenador.
         Y, ¿a qué responde que uno se equivoque mil veces mil sin escarmentar?, o, ¿por qué cayendo sucesivamente en la frustración, de la expectativa descubierta, se sigue creyendo en la consecución de lo imposible?. No se trata  de reinventar una bombilla, o de volver “ateo al Opus Dei”, pero siento que existe un pensamiento intuitivo, de que vas a descalabrarte al final de una carretera inexistente, que provoca una excitación tan sublime, que no quisiera salir de esta vida sin experimentar, cada cierto tiempo, el sabor de un muro de hormigón sobre mis narices. Saberme victima de mí mismo al no enfriar mi mente cuando el alma se caldea más de la cuenta es como decir: “Pero qué delicioso es tomarse un Brownie mientras te quemas la lengua con el chocolate hirviendo…”.

sábado, 9 de julio de 2011

Tumbada en la arena



         La brisa marina se desplaza suavemente por la piel bronceada. Recorre las curvas de su cuerpo acariciándolo delicadamente como yemas de dedos tratando de descubrir cada rinconcito oculto de su piel.
De sus poros emana el aroma dulce a coco de la loción corporal y la convierte en un pastelito apetitoso, el cual, no se puede catar…

         Tumbada, boca abajo, aprieta el panameño sobre su cabeza, evitando que la brisa le prive de la sombra que le ofrece el papel trenzado de ala ancha. Sus ojos encienden la luz marina de su mirada, y ofrece destellos sensuales al parpadear. El contoneo de sus voluminosas pestañas, repetidamente, provoca la inmersión, de quien la mira, en un caleidoscopio de minerales verde agua y ámbar que hipnotiza, enmudece y sólo invita a la observación perpetua.

          El pliegue de sus labios, carnosos, rosados, es humedecido lentamente con la lengua como saboreando la cremosidad de un helado de vainilla. Sonríe, y una sucesión de perlitas dispuestas en hilera frena el ímpetu del observador por apurar el helado. A cambio de ese revés, ella le permite desplazar levemente, haciendo círculos místicos, sobre su espalda, los dedos, escribiendo, una y otra vez, su nombre en letras de caligrafía infantil.

         Su pelo anaranjado, como hojas de castaño en otoño, le cubre una frente estrechita, que oculta el más preciado tesoro de ese instante. Sus ojos silenciados y su boca sellada, no invitan a describir más allá de lo que el observador puede percibir por los sentidos, pero se muere por conocer lo más preciado de lo que frente a él palpita, saber quién es ella…

martes, 10 de mayo de 2011

Notas desde un tren



         Los tubos de aluminio de colores se reflejaban sobre sus ojos. A través del escaparate unos morritos apoyados en el cristal generaban vaho que difuminaba en la opacidad el brillo de aquellas estructuras metálicas que colgaban de las paredes. De manera pausada, las lágrimas emanaban de sus ojos, acumulándose entre el cristal y los mofletes apretados junto a él. Sus ojos estaban hipnotizados mirando los radios de las ruedas entrelazados con el movimiento circular de las ruedas estancas, pero su mirada se encontraba ausente, no atendía más allá de las espirales generadas en su retina al observar las trayectorias inacabas de los biciclos.

         Su padre se acercó, le acarició el pelo en un gesto cariñoso de despeinarlo, y le buscó su mano para invitarlo a que lo acompañara al interior de la tienda. Manolito, resignado, agachó la cabeza y de la mano de su padre entró por la puerta de cristal hasta el interior de aquel paraíso que cualquier niño espera con ansiedad para conseguir el regalo por las buenas notas de fin de curso. Con doce años, la libertad de las dos ruedas comienza ha hacerse patente en las mentes virginales e inocentes, que sueñan con conseguir hacer algo fuera del campo de acción de sus padres.

         El padre miraba a Manolito y no entendía el por qué de sus sollozos…el niño estaba delante de cientos de bicicletas distintas, de múltiples colores, diseños, complementos, ¡podía escoger la que quisiera! Sin embargo, el llanto del niño se acrecentaba aún más conforme el padre insistía en que eligiera. De repente, Manolito salió corriendo de entre la gente, se esfumó del local y se sentó en la calle, como esperando que algo mágico fuese a suceder, como si existiera una oportunidad de aplacar su tristeza, miraba a su alrededor como si de la nada surgiera aquello que tanto deseaba.
La gente pasaba a su lado observando los mofletes enrojecidos de Manolito, los ojos vidriosos, el pelo despeinado, y los moquillos aderezando sus labios. En el instante en el que Manolito estaba calmándose, y su lengua había limpiado sus morrillos de la suculenta merienda, su padre se incorporó a su lado, preguntándole por su aflicción. 

-Pero hijo, ¿por qué lloras?, ¿no quieres la bicicleta?
-Es que no quiero ninguna de esas, quiero “mi bicicleta”…
-Pero, tu bicicleta ya no está, no la tienes, se perdió. Aunque, ¡fíjate cuantas bicicletas hay en esta tienda!
-Ya, pero es que yo quiero mi bicicleta, ¡la de siempre! Con ella aprendí a montar, exploré los caminos por los que ahora paseo, me sentí libre por primera vez sin que tuviera que llevarme nadie. Jugaba a vaqueros imaginando que era mi caballo, simulaba que en cada paseo me encontraba en una etapa de competición ciclista, soñaba con que en las bajadas, al soltar los pedales, montaba en mi primera moto. Todo eso y más cosas descubrí con mí “bici”. Por eso quiero mi bicicleta Papá, no quiero otra bicicleta, quiero mí bicicleta…
-Hijo mío, siento mucho que estés así de triste por su pérdida. En esta vida debes ir acostumbrándote a cambiar de bicicleta de vez en cuando, y que dicho cambio sea cada vez menos traumático. Cambiarás de amigos, de pareja, de trabajo, perderás la seguridad que cada uno de ellos te ha transmitido, sentirás vacío, te sentirás solo, confundido con cada perdida, con cada cambio y deberás tomártelo siempre como una renovación, sentirte que creces y te enriqueces en cada experiencia parecida a la que sufres ahora. Hijo mío, empiezas a crecer y a darte cuenta que esto es sólo el principio de un largo episodio que, ante todo, disfrutarás, aunque bien es cierto que la primera bicicleta será la que no olvidarás jamás…

jueves, 10 de marzo de 2011

Un cojo nunca olvida sus muletas

Mi salida del trabajo resulta un tanto suigéneris: una catedral gótica de piedra recién lavada, ausencia de humo y vehículos que te permiten adueñarte del ancho de la calle, senderos de chanclas con pies blanquísimos (y amarillos también, de albero, y no japonés), decenas de muchachas provocando el colapso pulmonar, en un intento de respirar y a la vez silbar, al contonearse mientras pasan por tu lado (se que puede resultar sexista, o no, a veces censuramos lo menos impúdico y ensalzamos al más “chévere pútere”), turistas asalmonados tendentes al melanoma y estereotipos de postal andaluza deambulando con una ramita de romero en la mano o una guitarra entre los brazos, ambos vociferando lo mismo, “¡mi arma, que Dios te bendiga!”. Que te bendiga a ti si es que existe, ya que lo mencionas, que sólo parece acordarse de los desdichados cuando de otro depende la cesión de la moneda que abrirá el próximo cartón de vino “peleón” (es lo que tiene la religión, se acuerda de la caridad sólo si viene acompañada de dinero, lo demás no puede considerarse limosna).
En este peculiar marco me he detenido este medio día, y días anteriores a este, en una tos constante, de baja intensidad y lengua fuera. Al principio creí que se trataba de otro títere que ha despreciado el estandarizado y putrefacto sistema, que sale a la calle a beber frío y comer miradas sorprendidas y lastimeras, con un bombín en la cabeza, una camiseta de rayas horizontales negras y rosas, pantalón negro ceñido y botas, cuatro números más grades, sin abrochar. Apoyado en un paraguas, como bastón, y con la otra sosteniendo un cigarrillo casi consumido, los turistas de mirada cegada retrataban con sus “canon” de dos mil yenes la ilustre imagen de aquel desgraciado que se ahogaba fumando boquillas de cigarros. No era ningún espectáculo, al menos el del pobre Charlot desaliñado, pero se le trataba igual.

            Continúo paseando, bordeando el ilustre edificio de culto y oraciones, esquivando las naranjas caídas en el suelo, no por madurez, sino porque toca hacer la limpieza de los árboles, el fruto inmaduro y abundante estorba en el lecho de su nodriza y hay que quitarlo, para que los retratos, las postales, las instantáneas de ortopedia luzcan mejor. Cientos de naranjas se amontonan, estrelladas en el suelo, mezclándose con las heces de los caballos y convirtiendo lo que viene a ser un agradable olor frutal, que augura la cercana primavera, en un perfume sólo superado por aquellos que se venden en botecitos diminutos y que tanto abundan cuando le ponemos bombillas a las calles para que iluminen la nieve nocturna. Dejo de lado el conjunto de arquerías que desplazan hacia una esquina desamparada el imponente campanario, de interior sin escaleras, y asciendo por una calle donde abundan las tabernas, de muros antiguos, empapeladas en rosa con líneas de purpurina dorada, de paella precocinada donde destacan en las paredes las fotos de los fundadores de aquellos lugares de alivio de desdichas, allá en sus orígenes. En la terraza de una de ellas escucho una voz rota e imagino la marca del tabaco que está fumando: acierto, DUCADOS, es inconfundible, afina la voz mientras, al hablar, se exhala su humo, pero la enrancia cuando una vez emitido el vapor de agua con el humo se vuelve a resecar la garganta. La voz transmite un inicio de quejío, de atreverse a callarse porque la docena de chatos de tinto no le permiten mezclar tres palabras con sentido y emite, a un camarero dominicano, al observar la imponencia de la mezquita transformada en tiovivo de rezos, un… que bien estructuradas están estas piedras… olé. Todo sea por decir: “de aquí no salgo porque no hay nada mejor en el  mundo”.

            Giro la calle ascendente a la izquierda, y es el aroma de cigarro puro mezclado con Loewe y glándulas sudoríparas en su plenitud de eyaculación el que me hace pasar por los locales, de cincuenta euros el pan, pegado a la pared. Hasta que a doscientos metros, a paso ligero, llego al portal de casa. Abro la puerta, con truco en la cerradura y exasperación con resoplido incluido, entro en el ascensor y llego al apartamento: al fin mi castillo, al fin mi morada. Me quito los pantalones en la misma puerta y la camisa viste el sofá. Voy para la cocina y abro una botella de vino que acompañe mi toque de violín sobre el Jabugo que un buen amigo me regaló. Fin de día perfecto, jamón y vino.

            Entonces el teléfono suena, “CONCHI” aparece en la pantalla, descuelgo:

-¿Qué tal niña?
-Hola Jaimito!!!!, ¿cómo estás?, ¿a que no sabes donde voy?
-Joder prima, no me digas que vienes hacia acá. Estoy muy liado, esta tarde tengo que trabajar y preparar una reunión para mañana.
-Noooo, tranquilo, voy camino de Madrid, es el cumpleaños de Manuel que viene esta noche de México a sus reuniones trimestrales de empresa. Me lo ha dicho por el “Facebook” y quiero darle una sorpresa!!!
-Prima, esas sorpresas… no sé yo… no me dan buena espina. ¿Cuanto hace que no habláis?, ¿cuatro meses?, plantarte allí de improviso es peligroso, Él puede tener otros planes y puedes incomodar o crear una situación un tanto embarazosa.
-Qué va… si estuvimos hablando por el “Skype” este último mes, y ¡¡superbien!! , hicimos incluso…cositas… ji,ji,ji.
-joder prima, con cuarenta y cinco años y haciendo tonterías por Internet… ya te vale… el divorcio no te está sentando tan bien como esperaba.
-¿No?, quizás a ti te va mejor, acostándote con esas jovencitas de las cuales luego ni te acuerdas del nombre hasta que no corriges sus exámenes.
-Mira nena, no te enciendas conmigo, y menos si vas conduciendo. Dime sólo que querías pedirme al decirme que subías a Madrid.
-Pues eso mismo que has dicho tú… evitar una situación embarazosa, llama a Manuel y pregúntale sutilmente a qué hora llega exactamente y qué planes tiene. Así puedo ir y darle esa sorpresa…
-Mira, no te prometo nada… lo llamaré, y si tengo noticias te llamo. Si en una hora no tienes noticias mías es que no lo he localizado.
-ok!!! Gracias primooo!!!, chaítooo, luego hablamos!!!.

            De repente una sensación de hastío me recorre mientras bebo un buen trago de vino de la copa. Comienzo a cortar jamón, pensando en lo qué le diré a Manuel cuando le llame para cubrir las expectativas de mi prima. Bebo el vino cual cura de comarca serrana habiendo consagrado cinco misas a sus espaldas. Mientras tanto no dejo de pensar en la sonrisa que me rechaza día tras día, y conforme acrecienta el estado etílico, mayor es la dulzura que interpreto en sus gestos, casi mudos, cada vez que le hago un comentario. Pienso en decirle mañana que es una alegría verla sonreír, que consigue hacerme resurgir de la nada cada vez que sus grandes ojos marrones me miran, que su tono de voz amansa mi ansiedad cuando trabajo, levanto el pie del acelerador y pienso en que no acabe de decir lo que tiene que transmitirme, como gasolina, para terminar la jornada laboral.
En ese sueño con quien ocupa mi mente en los ratos de irracionalidad y ebriedad alcohólica, suena de nuevo el teléfono, es Manuel.
-¿Manuel?, dime, ¿qué tal estás?. Había pensado en llamarte para saber por donde andas, ¡tenemos una cena pendiente tu y yo!- decía esto intentando desmarcarme de lo que seguro ya le había adelantado mi prima.
-si, bueno, pues bien, aterricé en España hace un par de días. Tenía pensado llamarte.
La voz con la que me hablaba parecía que quería salir de su garganta y confesarse de que Él también había visto revistas de desnudos con doce años. Menudo tembleque de tono tenía.
-Genial, a ver cuando haces hueco en tu agenda, que tengo un sitio nuevo que enseñarte para comer ese maravilloso lomo de buey que tanto te gusta.
-Bien, Jaime, bien. Te llamo en estos días.
-Por cierto Manuel, ¿Dónde te alojas en Madrid esta semana?. Me han dicho que han abierto unos cuantos hoteles los Roeis Meteos para blanquear “pasta”, pero que están muy bien, muy “cool”.
-este… estoy en el “Urban”, cerca del Congreso.
-ahm, bien, buena escolta en la puerta… lo conozco, aunque las habitaciones, con tanto modernismo minimalista… casi, por no tener, no tienen ni cama…
-Bueno Jaime, tengo que dejarte, ayy!, si, bueno, tengo que, joderrr!, dejarte!. Discúlpame, estaba intentando abrir una cerveza mientras hablaba contigo y me corte un dedo.
-si,si… tranquilo Manuel, lo entiendo, es lo más normal… ¡hablamos!, ¿ok?. Un abrazo fuerte, y recuerdos a mi prima, que seguro que hablas más con ella que yo…
-Ok, gracias Jaime, si, algo hablamos tu prima y yo, se los doy… un abrazo para ti.

            No hubo conversación más fría que la mantenida con éste tipo, cuya voz sonaba como si una cortadora de césped le ascendiera por los pantalones.
La botella traspasaba su líquido finamente por las paredes de la copa, a expensas de ser adquirido por un paladar ávido de sosiego, adormecido por la penumbra del deseo no cumplido, entristecido por la soledad del ruido no deseado: llámese llanto en la ducha, llámese lamento en el ascensor… pero siempre, en silencio, y a oscuras, como una copla de principios del veinte. Es el problema de doblar las campanas con cuarenta recién cumplidos, parece que has vivido todo lo que debías…

            En esta reflexión, suena de nuevo el teléfono, y es mi prima la emisora:
-¿Has hablado con Manuel?, ya se que me dijiste que no me llamarías si no tenías noticias, pero estoy tan excitada por verlo que quería compartirlo contigo.
-bueno, acabo, aunque no te lo creas, de hablar con Él. Efectivamente, acaba de llegar a Madrid y está muy cansado. Ha quedado a cenar con unos empresarios en el hotel Urban, pero no era claro que se alojara allí. Mejor que te pilles un hotel y mañana quedes con Él más tranquilamente.
-No, no. Esta noche nos vemos, ¡y gemimos lo que no lo hicimos en estos meses!. ¿Has dicho el Urban?, hummm, siempre se quedaba por la Latina, decía que le gustaba el ambiente castizo. Ya sabes, los ricos con ganas de sentirse pobres mientras beben…
-ya, si, en fin… bueno prima, hablamos. Ya me cuentas tu éxito en Madrid. Muchos besos y cuidado con el coche.
-vale primoooo, ¡¡¡voy súper emocionada!!!.

            Después de hablar con ella tan alegre, tan dichosa por ver a su amor, sólo me quedaba la opción de llamarlo y pedirle que se desprendiera de su plan de aquella noche, sino quería enfrentarse al mayor mal que su alma podía asumir, o seguir follándose a la que tenía entre las piernas. En fin, son caminos elegidos por cada uno.

A veces te apetece cruzar las vías del tren justo antes de pasar el AVE y otras eres cauto y mides los tiempos hasta que te sientes seguro de cruzar.
En cualquier caso, todos estamos disponibles, y debemos estar preparados para dar un salto o para dar un paso, de motus propio u obligados, hacia el camino que menos esperamos pisar. Unos viven el preciado presente y otros lo odian, otros viven el deseado futuro y unos odian el odiado futuro. En cualquier caso, nadie se olvida de regalar rosas blancas cuando debe, igual que nunca un cojo olvida sus muletas.