domingo, 18 de mayo de 2014

Rosebud nunca existió

"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararlo con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores"

                                    La Insoportable Levedad del Ser. Milan Kundera

      Recuerdo la primera vez que tuve que enfrentarme a la gestión del fracaso.
Dibujaba mi futuro con el consuelo de encontrar un tapón para aquel sumidero por el que me vaciaba. La luz entrando por la ventana, el misterio que las sombras hacían de la pared un mosaico indescifrable. Quería ver unas líneas familiares de torso sin cabeza, de sábanas arrugadas, recogidas. Quería oler la espuma sobre la que dormía con ese aroma infantil y trazos irregulares color caoba.

      Sin embargo, los ojos obturados por el rocío, que tanto me cuesta desprender, me descubrieron en el más absoluto desorden, con un mísero silencio perpetuo que se congelaba en aquella estancia solitaria.
Traté de convencerme de que el tiempo pasivo, en sí, sólo deterioraba el alma, y la mente comenzaría un anquilosamiento peligroso que me haría perder la identidad que hasta entonces había construido mi estructura vital.

      Comencé, entonces, a caminar con un jeroglífico mapa como apoyo, en el que no había senderos claros sobre los que guiarme. La reinvención, denominé a este nuevo proyecto de auto-reconstrucción. Desmembré mi rostro del vello característico que, años atrás, me había identificado. Apagué los punzones amarillos que me clavaba diariamente en mis pulmones y calmé mi ansiedad con el líquido meloso que serena la inquietud del impaciente actor deseoso por salir a escena.

      Pensé que componer trazos verbales endecasílabos cavaba la fosa de la inactividad y prendí fuego a todos aquellos pensamientos en un sencillo ritual, carente de los detalles originales que pudieran evocar recuerdos románticos de la historia que desaparecería entre las llamas.


      Fue entonces cuando, en esa creación de un nuevo camino, comencé a venderme, a intercambiarme en un mercado en el que, a cambio de sentimientos, efímeros, compartía instantes de excitación, hiperventilación y espasmos que paliaban mi ansiedad por encontrarme.
Como un drogadicto tratando de evadirse de su realidad en un relámpago de aluminio, empecé a incrementar las dosis de banalidad, forjando lo que, pensaba, sería mi experiencia vital, mi aprendizaje en el desarrollo de un destino. Hasta tal punto llegó la dejación por mi mismo que los sentimientos más ínfimos cesaron, y fui consciente de tal frialdad cuando en la construcción del nuevo camino desdeñé encuentros que amparaban un jardín de sentidos, llamando a mi puerta y esta no abrirse por encontrarse herméticamente sellada, con un blindaje impuro, lleno de asperezas sustentadas en un marco escéptico.

      Huí, me trasladé y comencé de nuevo. Bajo el paraguas de la creencia en un ser pasado, que quería trasladar al presente, confiaba en acaparar en un breve espacio de tiempo, la atracción suficiente como para construir un nuevo yo. Sobre una nueva ciudad esperanzaba trazar las líneas conexas sobre las que sustentar un camino de futuro estable.

      Cien días después, vuelvo a tener el sol despertándome con el mismo sentimiento de aspereza, en un cubículo, nuevo, desordenado y arando, durante demasiado tiempo, un trigal sembrado sobre tierra yerma.
Puedo pensar, y debo, en relativizar tanto el pasado como el presente, dedicando la profundidad al momento idóneo, cuando llegue. Es el primer trazo para un boceto que se vestirá de óleo, pero empezando a pensar que Rosebud jamás existió...


lunes, 30 de diciembre de 2013

Telón y Oscuro

Comienzan las primeras notas del piano. En lo alto del escenario Ramón comienza con la introducción. Un foco surge de entre la oscuridad de la sala iluminando sus manos, un enfoque estrecho muestra los dedos temblorosos discurriendo por las teclas. La luz se abre como el sol en un amanecer y se refleja en su cabello largo y rubio. Los dedos pulsan firmes pero su camisa,blanca y ancha, tiembla como si una corriente de aire lo azuzara. A los veinte segundos ocho focos, de luz tenue, descubren 8 rostros que entonan: "quinientos veintisiete mil cuarenta minutos, quinientas veintisiete mil horas de paz...". Despacio, de entre el público, Paul, JuamPa, Belén, Sergio, Fer, Carmen, Dani y Victoria se acercan al pasillo principal, rodean el escenario y cogidos de la mano continúan la canción: "¿cómo se mide el año que fue?, ¿Qué tal con amor?, ¿qué tal con amor?, ¿qué tal con amor?. Ciclos de amor..."
Desde el lateral derecho, Manu nos avisa de que debemos empezar a subir, por ambos laterales, de uno en uno, encontrándonos arriba el resto de compañeros, abrazándonos, besándonos, sin que cese la canción. De un extremo Álvaro asciende al centro del escenario, donde se encuentra con Mamá Rocío, se miran, se abrazan y agarrados de la mano, con la mirada al frente, cegados por los focos, ofrecen un beso al vacío, donde el público es imperceptible. Pero de entre la luz cegadora encuentran los ojos de Aaron y Nono, que expectantes sienten como un batallón de hormigas les suben desde los pies hasta los ojos, donde vierten el rocío de la emoción que discurre por sus mejillas. Mientras, en el escenario, aparecen Violeta y María, se funden en un abrazo y se agarran de las manos de los compañeros que los esperan en el escenario. Inés y Mercedes, Rocío y Ángel, Cristina, Esther, Pedro, Rafa y Manu completan una fila de voces compungidas que, con las manos entrelazadas, tratan de mantener la voz acompasada con la música, continuando con la canción: "ya es hora, escucha, esta historia sin final. Ven y compartiremos un año en nuestra amistad". Al fondo, en lo oscuro, empujando las voces de sus compañeros, Alberto, Alex, Javi y Suso, elevan el corazón de los cantantes con sus instrumentos. 
Mientras tanto, Fer, Belén, Sergio, JuamPa, Dani, Victoria, Carmen y Paul suben a reunirse con el coro, entonando las estrofas finales:"Aquí tu y yo, tan sólo aquí, cede al amor, o teme por vivir. No hay elección, no hay opción, NO HAY MÁS QUE HOY...". La última frase emana de los labios de todo el grupo, que poco a poco se van desprendiendo de sus personajes. El pecho henchido se expande en cada "no hay más que hoy". Las miradas se cruzan con cada letra de esa frase, que se repite una y otra vez, encumbrada con los acordes de los músicos que le imprimen mayor ritmo, se incrementa el tono y la sala se impregna de voces cada vez más elevadas como defensa ante la emoción que envuelve sus cuerpos, las manos aferradas,unas a otras, los empujan a entonar el último "NO HAY MÁS QUE HOY", donde la palabra "hoy" se perpetúa hasta donde el aire aguanta en sus pulmones.
La música cesa, los cuerpos se abrazan, se besan, enjugan sus lágrimas rozando sus mejillas, unos con otros, todos con todos, felices por el final, emocionados porque ese final no es más que el principio. No hizo falta público, no necesitaron aplausos, sólo el deseo de escuchar, durante este año, las palabras "telón y oscuro" para vivir innumerables veces la emoción del teatro.

martes, 12 de noviembre de 2013

Al final del túnel

Cuando los cambios se desarrollan acompasados de armonía, la ilusión con la que se afronta el cambio es tan sublime que vives en una atmósfera tan fresca que no deseas que se acabe. Esperas que, además, el cambio se comporte tan placentero como la transición al mismo.
Sin embargo, cuando el cambio transcurre rodeado de circunstancias que frenan la ilusión, la llegada del cambio no la ves ya como una mera meta, sino como una necesidad.
Si eres capaz de afrontar los cambios, que te reportarán felicidad, pero que transcurren con trampas de heces, tendrás la virtud de ver el árbol y el bosque, muy a tu favor para actuar. 

Esta mañana tuve miedo, mucho miedo. Últimamente veo muchos fantasmas, será que el futuro próximo es halagüeño y temo no alcanzarlo, por tercera vez este año, sin salir indemne, pero tratando de relativizar pienso que hoy sólo he pisado otra boñiga más en este camino de cabras que desemboca en el asfalto.
¿Por qué he perdido el miedo? Porque lo peor que me puede pasar es nada... Visto desde esta perspectiva pragmática, lo único que puedes hacer es esperar, como estoy esperando, a que todo termine, aún cuando cada poco tiempo tengo que lidiar con la mediocridad, naturalmente, representada en persona. Voy a pensar, y pienso, que las tristeza no me debe, ni puede, inundar por la inmundicia vital de otro, allá el/ella con su devenir habitual, el resultado es el que es, a cada zancadilla encontrada, veo un trampolín.

Estoy deseando de que todo acabe y todo comience, a veces con una postura radical, equivocada, que posteriormente me empuja a la tranquilidad, al equilibrio, al acto cauto. Brindaré cuando llegue a casa y salga de esta pocilga, brincaré cuando me aleje, a ser posible en un escenario mullido de arena fina y blanca, gritaré sin preocuparme de que me escuchen, aliviando estos pulmones encharcados en alquitrán, con los exabruptos que me plazacan, me tomaré la licencia de elegir lo que digo. 

Y si lo que veo a lo lejos no es lo que espero, no importa, el camino a la felicidad está trazado, es cuestión de seguirlo, sin miedo. Lo único que quiero es dejar atrás parte del presente, que fue un pasado erróneo y que no volverá.
Buscando el cambio se encuentra, la pasividad que adormece, te conforma y te mata lentamente. La búsqueda del cambio no es un ejercicio fácil, sobre todo cuando su desarrollo no es armonioso, pero a cada zancadilla, un movimiento de zig-zag y a seguir andando.
Me hubiera gustado que fuese más fácil, pero tal vez me habría dejado mucho por aprender.

lunes, 28 de octubre de 2013

La Química del Amor

“Uno debería vivir siempre enamorado. Por eso no debería casarse”
Oscar Wilde

“Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado” 
Antífanes -388-311 a. C

(Extracto de un artículo publicado en 2010, no he logrado encontrar la fuente original).

El estado de embriaguez amorosa inicial no es sostenible en el tiempo. En eso los científicos están de acuerdo puesto que ningún organismo sería capaz de soportar tal éxtasis de forma permanente. Sin embargo, aunque la excitación tienda a relajarse, el amor romántico sí puede perdurar. 

1-. Como el primer día 

En 2011, la neurocientífica Lucy L. Brown, del Albert Einstein College of Medicine, describió junto a Helen Fisher lo que sucede en el cerebro de parejas con relaciones de largo recorrido. “Nos centramos en aquellas personas que decían estar enamoradas como los primeros meses, aunque llevaban juntas diez años o incluso más”, explica Brown a SINC. 

El estudio, titulado 'Correlaciones neurales del amor romántico intenso de larga duración', es el primero que investiga las implicaciones que tiene este tipo de amor duradero en el sistema nervioso. 

Diferentes teorías apuntaban a que no era posible que la intensidad del amor se prolongara en el tiempo. El cuidado de los hijos podía apagar la llama de la pareja, o bien el amor, con el paso de los años, se transformaba en una amistad profunda entre ambos, sin necesidad de que existiera deseo sexual. El mismo 
Sigmund Freud especuló con que la pasión en relaciones largas respondía a una patología o a una sobreidealización por parte de uno de los dos miembros. 

“Sin embargo, otras teorías sugieren que podría haber mecanismos con los que el amor podría sostenerse en el tiempo en una relación”, destacan las autoras en su estudio. Para averiguarlo, escogieron a diez hombres y siete mujeres casados durante una media de 20 años. A todos ellos les sometieron a una resonancia magnética, y dentro del escáner les mostraron imágenes de sus parejas, de amigos íntimos, de familiares cercanos y de parientes lejanos. 

Los resultados mostraron que cuando veían la imagen de su pareja, su cerebro se comportaba de forma similar al de las personas recién enamoradas, al activarse las regiones que fabrican dopamina, situadas principalmente en el área ventral tegmental. Además, también se excitaban las regiones asociadas con el apego maternal y la amistad. 

El hallazgo de que la dopamina tuviera también un papel importante en esta fase les sorprendió por lo que entrañaba. Esta hormona es la responsable de la euforia, tan común en el comienzo de las relaciones, y es un neurotransmisor que regula el sistema de recompensa, encargado de que respondamos a estímulos que causan placer o desagrado. 

“Los resultados sugieren que el sistema de recompensa que se activa en determinadas parejas duraderas se puede prolongar en el tiempo como ocurre con un nuevo amor, pero también está relacionado con los sistemas implicados en el apego y el emparejamiento”, apuntan en el estudio. 

2-. El termómetro del afecto 

Otra de las hormonas que se disparan cuando el amor campa a sus anchas por el cerebro es la oxitocina. Entre otras cosas, es la responsable del cariño entre padres e hijos y del afecto entre las parejas, y por eso se conoce como la ‘hormona del abrazo’. Según una 
nueva investigación, sus niveles podrían influir en que una relación fuera más o menos duradera. 

Científicos de la Universidad Bar-llan de Israel analizaron las cantidades de oxitocina en sangre de 163 jóvenes. Entre ellos se encontraban 43 personas solteras y 60 parejas de ‘nuevos amantes’, que solo llevaban tres meses de relación. Como esperaban, los valores de oxitocina en las parejas eran superiores a los de los solteros, pero lo sorprendente de la investigación fue otro hallazgo, encontrado seis meses después del comienzo de las observaciones. 

“Descubrimos que las parejas con los niveles más altos desde el principio seguían juntas nueves meses después, mientras que las demás habían roto”, señala a SINC Ruth Feldman, investigadora del Centro de Investigación del Cerebro de la Universidad Bar-llan. 

Los científicos entrevistaron a las parejas y comprobaron que los niveles de oxitocina estaban relacionados con la reciprocidad de los miembros y también con el afecto, muestras de cariño, compañerismo y la ansiedad y preocupaciones que compartían. Estos rasgos son similares a los que se aprecian en una relación padre e hijo. 

Según este estudio, la oxitocina registrada durante los primeros meses podría ser, de algún modo, un indicador de la duración de la relación. Con este dato sobre la mesa no resulta descabellado pensar que si nos suministráramos la hormona de forma externa podríamos aumentar estos niveles y así conseguir que el amor durara para siempre. 

Pero Feldman es tajante: “No recomiendo usar oxitocina de forma exógena, mediante inhalación o medicación, para aumentar los niveles y avivar la relación artificialmente”. Y aconseja la opción natural. “Cuando las parejas se tocan más, pasan más tiempo juntas y se prodigan en muestras de afecto, la oxitocina aumenta y es muy positivo para los dos”. Si los niveles bajan porque todo lo anterior falla, “la relación debería terminar”, recomienda.


3-. La prueba de los 40 meses 

Comparar la actividad cerebral de parejas que siguen juntas con otras que han roto pasados 40 meses también puede servir para analizar si lo que ocurre en la mente influye en la estabilidad de la relación. Una investigación dirigida por el Alpert Medical School de la Universidad Brown (Estados Unidos) analizó esta actividad mediante resonancia magnética en 18 parejas que acababan de comenzar. 

Cuando pasaron 40 meses, los investigadores volvieron a contactar con ellas para saber si seguían o no juntas y compararon los escáneres previos. De las 12 parejas que volvieron a responder, seis habían roto y las otras seis seguían juntas. 

Los escáneres de aquellas que permanecían unidas mostraron que, al principio, en sus cerebros las zonas relacionadas con el amor romántico, como es el núcleo caudado, se activaban con mayor intensidad respecto a las de las parejas que rompieron 40 meses después. 

Del mismo modo, otras zonas que se ‘apagan’ o desactivan cuando empieza el romance, como la corteza orbitofrontal –relacionada con la toma de decisiones–, se apagaban en mayor medida en aquellas parejas que seguían juntas después de este período de tiempo. 

“Esto sugiere que las respuestas cerebrales experimentadas en los comienzos de la relación podrían estar relacionadas con la estabilidad de las parejas”, indica a SINC Bianca Acevedo, psicóloga del Weill Cornell Medical College (Estados Unidos) y una de las autoras del estudio. 

5-. Esfuerzo al cuadrado 

Resonancias magnéticas y análisis hormonales muestran que lo que ocurre en el cerebro influye en la duración del amor pero, ¿eso basta para explicar el alto índice de rupturas en el mundo occidental? El matemático de la Universidad Complutense de Madrid José-Manuel Rey Simó decidió abordar este problema social desde un punto de vista matemático. “Algo que se produce de forma tan sistemática no puede obedecer a causas muy diversas”, afirma a SINC. Y tradujo el fenómeno en un sistema de ecuaciones diferenciales, publicado en 2010 en la revistaPLoS ONE. 

La base de la ecuación es la segunda ley de la termodinámica: si un cuerpo deja de recibir calor, se enfría y, para evitarlo, hace falta un aporte externo de energía. Estableció una analogía para el caso de las parejas, dejando claro que funciona “solo como un paralelismo, no como una verdadera ley física de los sentimientos”, donde las variables de la ecuación serían dos: la sensación amorosa –que correspondería con la energía interna del sistema– y el esfuerzo que hace la pareja para que esa sensación dure a lo largo del tiempo –la transferencia externa de calor–. 

“Las parejas no tienen acceso a aumentar de forma directa la sensación amorosa, pero sí pueden hacerlo si incrementan el esfuerzo”, añade el matemático. La pregunta es, ¿cuánto esfuerzo hay que poner para que una pareja sea feliz pasados los efluvios del enamoramiento inicial? “El modelo matemático indica que el nivel de esfuerzo en una relación es siempre superior al que nos gustaría”, reconoce Rey Simó. Y varía en función de cada pareja. 

Con este esfuerzo extra, las matemáticas y las neurociencias coinciden en que lograr un amor para siempre es difícil, pero no imposible. “Contrario a lo que se cree, el amor romántico en las relaciones largas es un fenómeno real”, subraya Bianca Acevedo. Argumentos científicos existen pero a nadie se le escapa que la ciencia no puede responder a todo. Como reconoció el matemático francés Blaise Pascal, el corazón tiene razones que la razón [o la ciencia] no entiende. 

6-. Contra la inercia negativa 

Para acabar de complicar la situación, en el modelo matemático de las relaciones sentimentales formulado por José-Manuel Rey Simó, el sistema es inestable y su propia inercia es negativa, lo que traducido a una relación significa que si una pareja deja de esforzarse y luego quiere retomarlo, es muy posible que no llegue a remontar. 

“Ese plus de esfuerzo necesario unido a la inercia de la dejadez provoca que las parejas tiendan a esforzarse menos de modo paulatino, lo que trae como consecuencia que la variable de la sensación amorosa se desplome”, asegura el matemático. Pero esto no ocurre de un día para otro. “Las parejas no suelen romper de forma brusca, salvo por algún suceso traumático, sino que se trata de un proceso de descomposición paulatino, un deterioro que también se refleja en el modelo matemático”, señala Rey Simó. 

Y el esfuerzo se puede interpretar tanto en cantidad como en calidad, entendido como hacer cosas que nos desagradan pero que le gustan a la otra persona o aumentar la frecuencia de determinadas actividades que puedan ser positivas para los dos. Apostar por la novedad también ayuda porque está demostrado que las sorpresas aumentan los niveles de dopamina, lo que contribuye a mantener vivo el éxtasis romántico.


martes, 21 de agosto de 2012

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS y el trascendental humano del amor


Todo esto fuera bien escusado, respondió Don Quijote, si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas. ¿Qué redoma y qué bálsamo es ese? dijo Sancho Panza. De un bálsamo, respondió Don Quijote, de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna[…].Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana”. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Capítulo X.

            Durante estas vacaciones he tenido oportunidad de debatir con diferentes amigos, y en diferentes escenarios, acerca del mayor problema que sufre la humanidad. No ha sido ni el hambre, ni las enfermedades, ni la crisis económica, sino algo que explica de base los problemas secundarios de nuestra civilización, el amor.
El principio de cada una de las tres conversaciones mantenidas en este mes ha sido que nuestra generación está experimentando  un estado de transición en el que este elemento vital está sufriendo un cambio conceptual considerable al someterlo a continuos análisis en lugar de configurar una parte innata de nuestro ser del que no cupiese el más mínimo atisbo de raciocinio para vivirlo.

            Teniendo en cuenta el intervalo de edad entre los veinte y los cuarenta años de los interlocutores, es obvio que ciertas experiencias de cómo se ha manifestado y vivido el amor en cada una de nuestras vidas permitían el inicio del análisis desde una perspectiva más o menos objetiva, sin entrar en detalles de si el resultado final constituyó una suma o una resta en nuestro desarrollo personal. En todos los casos la expresión final era que nos hacemos más exigentes para con la persona que a de venir a inundarnos de aquel anhelo inicial de pureza que constituyó “el primer amor”. Naturalmente, si empezamos la disertación con condicionantes difícilmente se podrá llegar a conseguir el objetivo fijado. Quizás la perspectiva planteada sea errónea y el intervalo entre la decepción con lo pasado y el futuro incierto se alargue durante años por estigmatizar el sentimiento con la razón, cuando no deberían, ni por asomo, rozarse las puntas de los dedos. Realmente cuando nos definimos exigentes, “con quien tenga que venir”, lo que estamos manifestando es una autoexigencia. Es decir, somos nosotros los exigentes con nuestra propia persona y dicha exigencia no responde sino a un sentimiento de inseguridad sobre nosotros mismos hacia la sociedad. Esta inseguridad puede plasmarse bien encerrándonos y viviendo autárquicamente, o explorando múltiples relaciones efímeras que tampoco permiten cubrir el vacío que uno siente al ver transcurrir su vida sin sentir aquello que nuestro ser reserva para compartir en la intimidad del duplo constituido por dos sujetos.

            Desde la perspectiva racional, disonante con lo expresado anteriormente, la soledad será un cauce más que un destino. El no “intentar”, sino “esperar”, no es una vía muy factible para paliar el quejío enmudecido que muchos de nosotros poseemos. Pensemos que la oportunidad es singular, la oportunidad es la propia vida, el resto son opciones que hay que ir escogiendo, acertando y equivocándonos, pero el miedo a errar no debe nunca paralizarnos. Quien no se equivoca de vez en cuando es que no está aprovechando sus opciones. Al igual que escoger una opción no significa que haya que perpetuarla. La búsqueda puede ser infinita, tan duradera como nuestra propia existencia, y no existe una edad concreta para alcanzar el objetivo.
Dentro de este contexto, el planteamiento moral de esta búsqueda es lo más controvertido del debate. Buscando fotogramas de cine me encuentro con la siguiente foto:



           
            Este caso particular lo estuvimos tratando una noche. Al hilo de la conversación inicial se postulaba la inconveniencia de que un hombre terminase dejando a su mujer por enamorarse de su hija adoptiva. Bien, dejando de lado el obtuso paralelismo con parafilias y la celebridad que ostenta el protagonista de esta foto, pensemos en lo siguiente. ¿Qué estas dispuesto ha hacer por amor?, ¿qué puedes aguantar en tu relación o en tu vida por miedo a estar sólo, y acompañado a la vez, pero no enamorado? Entro de nuevo en la oportunidad. La vida es una, no vas a vivir otra, por lo que tomar decisiones aupadas por el corazón no debería ser tan descabellado como mantener opciones guiadas solamente por la razón. Esto último sería vender nuestra vida. El ejemplo reflejado tiene el sustento de que los años han hecho perdurar esta opción. De los millones de personas que habitamos este mundo, situaciones tan arriesgadas, y a mi parecer, valientes y acertadas, se suceden de continuo, aunque no tienen, ni deben, tener trascendencia mediática. Y sin embargo, la inoperancia a desarrollarnos en tales encuadres arriesgados, nos mantienen con esta búsqueda ficticia que el tiempo transporta al conformismo.

La pasividad a hacer algo que quieres, que te impulsa el corazón, pero que te frena la razón conlleva a la frustración, de manera mucho más fuerte que la sentida por la decepción de una opción truncada. Y sin embargo todos queremos calmar esa inquietud por sentir, buscando un halo mágico, como el bálsamo de fierabrás que todo lo cura, esperando a que nuestra puerta vibre y se abra con un “aquí estoy, soy yo”. Al igual que el hambre nos podría impulsar a asaltar un banco, la necesidad de vivir, y no sólo limitándolo a respirar, requiere de aprovechar esa oportunidad que se nos ha dado, tenemos la obligación de vivir, ya que se nos ha ofrecido a cada uno de los presentes. Por responsabilidad moral, principalmente, hay que vivir.



            Cuando hablamos del amor, normalmente nos ceñimos al romanticismo, a las escenas concretas, a las palabras precisas, a los gestos halagadores, pero nos perdemos lo trascendental, lo humano, compartir en su plenitud. Aquí vendría bien ubicada la frase de “No me quieras tanto, quiéreme mejor”. El error que cometemos comúnmente viene descrito implícitamente en esta frase. Nos limitamos a menospreciar lo trascendental ciñéndonos a lo meramente significativo. Pero errar, nuevamente, es uno de los dos posibles resultados de este gesto, y debe siempre darnos cátedra para que a futuros podamos subsanarlo y obtener el acierto, que es otro resultado y además, siempre, el esperado.

            Quizás el discurso que hace tanto hincapié en el amor como principal sustento vital pueda parecer sesgado por un estado particular. Nada más lejos de mi intención. Otro día hablamos del por qué existimos. Pero viene a colación con otra de las conversaciones mantenida con una buena amiga sobre filosofía en el que nos planteábamos, dentro de los trascendentales humanos ¿cuál era nuestro trascendental?, ¿qué impulsa mi vida a vivirla? Lo lógico es que los trascendentales humanos viajen de la mano (el ser, la verdad, el bien y la belleza). Mi amiga Anabel me enseñaba un artículo de un filósofo amigo suyo que desgranaba los trascendentales y mencionaba uno que fue el que me identificó y el origen de parte de este texto. El trascendental humano de la donación/aceptación. No recuerdo el nombre del autor, pero pude fotografiar parte del texto que a continuación os expongo:

“Lo que toca a la dupla donación/aceptación como trascendental humano es hacernos conscientes de que contamos con algo más que interioridad: poseemos intimidad; que no únicamente manifestamos en la acción, sino que incluso la destinamos, la donamos. La donación es dual con la aceptación: una no se entiende sin la otra. Donar y aceptar van mucho más allá de manifestar y recibir. Podemos recibir a cualquiera y mostrarnos casi hacia cualquiera. La donación/aceptación como trascendental humano configura la entrega y dan pie a lo que culturalmente llamamos amor. Al amar, la donación se vuelve tan radical que se trunca si no hay aceptación. En la donación va el ser que somos, la intimidad que poseemos y disponemos; y en su correspondiente aceptar, abrimos la persona propia para fundir nuestra intimidad con la del otro. En la donación no medimos qué hacemos del otro y qué dejamos fuera, no calibramos si el otro está a la altura de nuestra recepción o si no somos convenientes para que nos reciban. Ambas están en otro nivel, por eso son un trascendental humano. ante alguien que se dona no cabe sino la aceptación completa, no hacia lo que es, sino hacia quien es, con lo que es y le rodea, con el todo que le hace existir. Algo que sólo las personas pueden experimentar como uno de los más nobles y prefectos actos de los que es capaz la voluntad humana.”
           



           Si tienes esta herida aún abierta, sea cual sea tu actual circunstancia, no busques que la magia lo cure, tú eres pura magia, tú tienes la oportunidad, explora todas las opciones, equivócate hasta acertar, nadie vivirá por ti, por tanto, para acertar vive.

viernes, 10 de agosto de 2012

EL GRADUADO


El verano se presentaba incierto, acababa de terminar las pruebas de acceso a la Universidad y me esperaban 3 meses por delante en casa de mis padres. Ellos estaban tan exultantes con mis perspectivas  de estudio de Ingeniería que organizaron una fiesta, con sus amigos, y algunos familiares.
Aquella noche anduve deambulando entre la gente, recibiendo agasajos y felicitaciones, algo perdido, como si la fiesta no fuese conmigo. Pensaba en aquella chica que había conocido en el colegio de Londres donde estudié. Empecé a recordar a Cristina despidiéndose de mí y diciéndome que sus padres la enviaban a los Estados Unidos a estudiar Publicidad y que posiblemente no volveríamos a vernos. Que lo vivido en este último año no tendría sentido continuarlo, que llevaríamos vidas muy diferentes y distanciadas. Era el primer amor y desamor de mi vida y esa sensación de abandono me tenía fuera de mí.
 Fui a la piscina a fumarme un pitillo y tomarme un gin-tonic a solas cuando escuché su voz. En la oscuridad sólo veía el vaivén de su vestido acercarse a mí. -¿Me das fuego?-. Me levanté he incliné el mechero sobre su cigarrillo. La llama iluminó levemente su rostro, pude ver su cabello rubio ondulado cubrirle la cara y el humo deslizarse por su pelo.
-Te veo aburrido en tu fiesta- espetó. Me que dé callado, mirando al suelo, fumando mi cigarrillo. –No entiendo este tipo de eventos, si hubiese sido una fiesta para mí habría invitado a mis amigos, pero mis padres siempre gustan de colgarse honores para lucirse frente a los demás-.
-Ya sabes como es la gente de este barrio, quieren aparentar siempre la casa más lujosa, el coche más caro…-, -Y el hijo más listo- le interrumpí.
-Acábate la copa y me llevas a casa- me dijo- mi marido está coqueteando con la mujer del piloto e imagino que me pondrá alguna excusa para quedarse cuando le diga que nos vayamos-.
Me quedé un poco sorprendido con la orden que me había dado, pero tampoco vacilé en dar un buen sorbo y cogerla del brazo para llevarla por la puerta del jardín hasta el coche. Me miró sorprendida con la decisión con la que la cogía, al ver que yo la había sustituido en su papel dominante de la escena. Entró en el coche y observé sus piernas, delgadas, estilizadas. Llevaba un vestido blanco muy fino, transparente, de cuerpo entero. En la parte de arriba la tela se cruzaba dejando a la vista un suntuoso escote.
En el trayecto no me dirigió ni una sola palabra, fumaba continuamente, como exasperada y nerviosa, el aire que entraba por la ventanilla permitía liberar su rostro del pelo. Era muy atractiva, delgada, los pómulos marcados, grandes pestañas, ojos azules y nariz afilada. La observaba de reojo mientras conducía. De vez en cuando ella abría el bolso y miraba el teléfono, esperando alguna señal, imagino que de su marido preguntándole que donde estaba, pero al instante lo guardaba de nuevo, con fiereza, y su enojo parecía acrecentarse pues cerraba el bolso con brusquedad y resoplaba.

            Al llegar a la altura de su casa aparqué sin parar el motor esperando a que se bajara. Abrió la puerta y salió sin decirme nada cerrando la puerta con fuerza. Dio 4 pasos y se quedó parada. Yo la observaba, dejó los brazos caídos, en una mano el cigarrillo y en la otra el bolso sostenido con desdén. Se giró y vino de nuevo al coche. Se asomó por la ventanilla: -¿Quieres una copa?-. Me quedé mirándola a la cara. Ella esperaba mi respuesta mirando a su lado derecho, con prisa y desgana. Yo no sabía que contestar, pero algo me impulsó a parar el motor y salir del coche. Fui detrás de ella hasta la puerta de la casa. Caminaba muy sensual, cruzando los pies al caminar lo que hacía que su ligero vestido bailase insinuantemente con la ligera brisa nocturna que corría. Abrió la puerta y tiró las llaves al suelo. Yo me acomodé en el sofá del salón, sentado, con las rodillas juntas, las manos entrelazadas, mirando al suelo y haciendo un juego de apoyo talón empeine con los pies. Creo que fue el momento en el que estuve más nervioso desde que me encontré con aquella mujer.
Regresó junto a mí con dos vasos con hielo, abrió una botella de vodka y sirvió en ambos. El suyo se lo bebió de un trago, sin esperar a que el hielo enfriase aquella áspera bebida que a mí me provocó una mueca de desagrado al mojar mis labios. Me acarició el pelo y me hizo un gesto con la mano para que la acompañara. La seguí obnubilado.
Mientras ascendíamos por las escaleras hasta la planta superior su contoneo se acentuó, yo miraba sus caderas sin ser consciente de que el broche que cerraba el vestido desde la parte superior había sido abierto y que el vestido se estaba deslizando por su cuerpo hasta que en el último escalón quedó postrado. Me detuve sorprendido. Ella seguía caminando en ropa interior hasta el dormitorio, mientras yo me quedaba en las escaleras ensimismado en aquel vestido tirado. Tragué saliva y me dirigí hasta la estancia en la que ella me estaría esperando. Había una pequeña luz iluminando tenuemente la habitación y me quedé plantado en el quicio de la puerta. Ella estaba sentada en un pequeño sillón de piel blanco, apoyando una pierna en la cama para ayudarse a desprenderse de las medias blancas que cubrían sus piernas. Se deshizo de aquel trozo de seda despacio, suavemente, mirándome a la cara. -¿Te vas a quedar ahí mirando?, quítate la ropa- volvía a ordenarme. En un lapso de tiempo me quedé sin capacidad para reaccionar, no sabía si salir corriendo o seguir sus instrucciones. Comencé a desabrocharme la camisa torpemente mientras ella se tumbaba en la cama. Pude contemplarla tendida y en ningún momento podía pensar que aquella mujer tuviese cuarenta y cinco años.




Me despojé de la camisa y busqué un sitio donde ponerla, entonces ella se acomodó y sentada en la cama me hizo un gesto con el dedo para que fuese hacia ella. Me acerqué, me quitó la camisa de la mano y con la misma lentitud con la que ella se había desprendido de su ropa me desabrochó el pantalón y lo dejó caer hasta el suelo. Instintivamente posicioné mis manos en la parte delantera del calzoncillo, pálido, nervioso, como el reo que sabe cuál el próximo acto al sentarse en la silla eléctrica. Ella me miró, esbozó una ligera sonrisa y se desabrochó el sostén. Mi mirada quedó clavada instantáneamente en la suntuosidad de sus pechos, mi perplejidad permitió que mis calzoncillos fuesen desmontados en un segundo por sus manos.
De repente sentí la calidez de su boca y dos gotas de sudor resbalaban por mis sienes, un cosquilleo ascendía desde mi vientre hasta mi garganta y no transcurrió más de un minuto cuando me encontré desprendido de una parte de mí.
Eché bruscamente un paso atrás y salí corriendo de la habitación. Bajé las escaleras de tres en tres, con el corazón palpitando revolucionadamente y un nudo en la garganta. Fui a la cocina, metí la cabeza debajo del grifo y me empapé en agua. Vi cigarrillos y me encendí uno. Salí hacia el salón, cabizbajo, fumando largas caladas y mirando a mí alrededor sin saber que hacer. Me acerqué a la chimenea, junto a ella discurría un anaquel que albergaba fotografías. Aparecía esta mujer junto a un hombre y una niña pequeña en un yate, ella sola en la playa con un sombrero de paja, un hombre con una niña en un jardín. Parecía una sucesión cronológica de su vida y apreciaba que la niña se iba haciendo mayor en cada foto hasta que mis ojos se postraron en una instantánea que me era familiar. La niña rondaría los diecisiete años, cabellos largos y rubios, ojos marrones, piel morena. Estaba en la piscina posando con un bikini azul y unas gafas de sol de pasta blanca y cristales negros, expresando una dentadura perfecta en su sonrisa blanquecina. Cogí el retrato y anduve por el salón observándolo incrédulamente, sorprendido de quien era esa muchacha y sintiendo un gran fuego en mi interior al descubrir a Cristina en aquella fotografía. Una lágrima cayó en el cristal y la ceniza la acompañó embarrizando su rostro.


Dejé el retrato en una mesa compungido y miré al frente. A la derecha estaba la puerta de acceso a la casa y a la izquierda las escaleras que llevaban a la planta de arriba. No me hubiera importado salir corriendo desnudo hasta el coche, pero giré a la izquierda…

viernes, 20 de julio de 2012

Réquiem por una noche de verano

  No hay nada más evocador de los recuerdos que la música. Te permite transportarte en el tiempo hacia situaciones de lo más diversas. Cada intervalo musical hace que te introduzcas en la escena de manera que no sólo recuerdas el momento, sino que puedes sentirlo casi con la misma intensidad con la que sucedió y, salvo los elementos pragmáticos que acompañan el ambiente, todo vuelve a quedar reproducido totalmente en la mente.               Llevo unos días en los que a cada momento me acompaña una composición musical, coral, que aunque en su naturaleza no se concibió para la escena que a continuación relato, llenó profundamente las horas que posteriormente se sucedieron.               Al igual que un cuadro como el “Guernica” de Picasso plasma la tragedia humana en tonos grises y me fascina por ser una obra que te concede vislumbrar la belleza de la humanidad a partir de las miserias del lienzo, es el contrapeso de la percepción de la magnificencia de la vida a través de los aspectos más deplorables que la humanidad puede cometer, así es el silencio para la música, el contrapunto que te ensambla hacia la hermosura del sonido.               Ante la insonoridad de una casa vacía, el chasquido de las llaves en una puerta que se abre comenzaba a armonizar el primer acto de una representación que se sucedía con el crujir de unos pasos sobre las baldosas de aquella vivienda antigua del centro de Madrid.               El silencio se apoderaba nuevamente de la dimensionalidad espacio-tiempo en el que se encontraban los dos cuerpos, que entrando en escena, se desprendían de sus revestimientos. Entraba en acción el calor como detonante de lo que, tanto dentro como fuera de aquella estancia, acontecía. Tras un golpe seco de la hebilla del cinturón sobre el suelo, los pasos volvieron a sucederse con la sonoridad que los pies descalzos emiten al caminar. Al instante se escucha un disco girar a toda velocidad y comienzan los aplausos del público del concierto que emanan del disco.               Desde la ventana se aprecian lenguas de fuego ascender hacia el cielo y los aplausos de recibimiento del público a la orquesta se confunden con las voces de la calle. La obra comienza, el Réquiem de Mozart irrumpe en el silencio de la estancia y mientras el coro entona la obertura, los dos cuerpos observan por la ventana las llamaradas que están consumiendo parte de la ciudad.               Un corcho sale despedido de una botella y el champagne se desliza por las paredes de cristal de las copas. Los dos cuerpos están entrelazados observando aún desde la ventana, compartiendo el líquido que los impulsará a desprenderse de la realidad que fuera busca hacerlos partícipes. Se suceden los besos y la obertura finaliza, dando paso al Dies Irae. El calor aumenta y el coro entona “Dies irae, dies illa solvet saeclum in faville” (dia de la ira, día de acción que transforma el mundo en cenizas).               El sonido del cristal posándose sobre la mesa antecede al silencio que se desarrolla en la lucha que ambos cuerpos inician por poseerse. Una copa se derrama en el cuello de uno de los cuerpos, discurre por las sinuosidades acompasado por los labios del otro intérprete del acto. El champagne desaparece poco a poco entre sus labios y las últimas gotas discurren hacia el vientre como lágrimas fundiéndose en el. El calor continúa acrecentándose. Suenan las lágrimas del séptimo acto del Réquiem, “Lacrymosa” uniéndose a las lágrimas que surgen en el exterior, “lacrymosa dies illa, qua resurget ex favilla judicandus homo reus” (lágrimas todo el día en el que el mundo está pendiente del juez).               Los cuerpos se fusionan intensamente, separados sólo por un halo de humedad que los desliza el uno sobre el otro hasta que el momento culmen de la música se entremezcla con el estrépito que emite la marabunta de la calle, gritando por sus vidas mientras incendian la urbe que los ha oprimido durante años y que ahora quieren verla renacer.               Tras el último gemido, una vela ilumina la estancia como un reflejo del cristal de la ventana de las lenguas de fuego que fuera les rodean. Es el año 2012 y arde Madrid mientras los dos cuerpos yacen exhaustos en el suelo. El Agnus Dei del Réquiem finaliza con “Lux eterna luceat eis, Domine, cum sanctis in aeterum, quia pius es. Réquiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”: en reposo, que la luz perpetua brille sobre ellos […], dales descanso eterno señor, que la luz perpetua brille sobre ellos, y así sucedió el principio de la despedida…

miércoles, 18 de julio de 2012

Proyectos para el verano


(Pon la canción mientras lees)

Con la última “levantá” de la mañana, justo el día en que tomas vacaciones, se te plantea cómo pasar los próximos treinta días de asueto que se suceden.
Te paras a pensar que estás sin un duro y que quizás la mejor opción para descansar y desconectar es la visita al “nido familiar”, pero sabiendo que un mes de compartir diariamente con tus seres queridos no cubre las necesidades de separarte de los aspectos cotidianos que van acaeciendo en el transcurso del año (bien sea por estar estudiando, trabajando o buscando trabajo, reinventándote…). Parece que necesitas encontrar la trascendencia al tiempo que vas a vivir fuera de la rutina, para que per sé no se convierta tu próximo devenir diario en un hábito. Hacer un viaje (no tengo dinero), visitar a algún amigo (debo compaginar mis vacaciones con las suyas), irte a casa de tu pareja aunque esté trabajando, a casa de tus suegros, o simplemente quedarte en casa. En cualquier caso es un reto que afrontamos cada año de manera más o menos improvisada.

Recuerdas entonces las prioridades que tenías de niño, qué te enriquecían en la infancia y cómo simplificabas para ser feliz día a día. La visita a los abuelos, juntarte con tus primos, ir a la piscina de tu pueblo con los amigos, quedar a echar una partida de baloncesto, tomarte unas cervezas en el típico parque aislado de la urbe donde nadie te veía fumar tus primeros cigarrillos… y el verano pasaba plácidamente sin cuestionártelo.

            Conforme cumples años, hablar de vacaciones puede convertirse en una pesadilla al no saber donde ubicarte y qué hacer, ni con quién. Quizás adquirimos ciertos valores materiales que nos impiden sentir la belleza de lo inmaterial. Que realmente nos enriquece. Poéticamente se te ocurre un atardecer en la playa, sin reloj, una puesta de sol en la sierra, un concierto de jazz al aire libre, naturalmente ninguno de estos planes suceden en soledad, sería triste y aburrido, y sobre todo, no los apreciarías como bellos.

            Vivimos cada vez en un ambiente más individual, y con los años nos volvemos más exquisitos hacia nosotros mismos, más huraños y apáticos a sentir con alguien a nuestro lado, pero llegan determinadas fechas en las que sientes la necesidad de compartir tu tiempo con alguien para que le dé sentido a tu vida. Somos seres sociables, y como tales, tenemos la necesidad de hacer partícipe a tu “yo complementario” de la maravillosa sensación que se siente al levantarte cada día percibiendo que merece la pena el mero hecho de respirar (aunque a veces nos empeñemos en ahogarnos con nuestro propio aire por convertir lo minimalista en grotescamente voluminoso, cada uno que piense en sí mismo y sus problemas, adquiridos o autoprovocados, sus agobios).

            El otro día en una charla volví a escuchar a Emilio Duró y su exposición sobre cómo afrontar con optimismo e ilusión la vida, trataba de rebatir esa frase de “hay una estación para cada tren…” y a continuación, exasperado fulminaba al público con un “¡sal a buscarlo hijo mío, la vida no se te presenta cómo, cuando y con quién quieres, hay que lucharla, hay que buscarla!”. Y es ese ejercicio el que, en mayor o menor medida, nos proponemos cada día ejecutar. Naturalmente con unos porcentajes de éxito variables. Lo que más me gustan de las montañas rusas, y escribe un doliente de vértigo crónico, es el momento en el que el vagón está subiendo, toma la cima y se para. Respiras hondo, te quitas el reloj y piensas lo bien que te encuentras. No sueles mirar atrás ni compararte con los momentos de triste debilidad que te han encumbrado ahora a lo más alto, al contrario de cuando estás abajo que siempre piensas que en cualquier momento de felicidad pasado. Y sin embargo, el vagón vuelve a bajar, aunque te resistas a sacar los pies para frenarlo, la caída puede ser brutal si no tienes un colchón mullido que te acoja al tomar tierra. Y vuelves a empezar.

            Dado que ahora se presentan unos días de incorrompible placer, o eso se espera siempre, la oportunidad de un “volver a empezar” debe ser la seña de identidad de cada día, pero siempre buscando la espontaneidad, pues ya lo dicen los abuelos cuando coges carrerilla y te advierten con ese “se te ve venir”. La búsqueda de la felicidad, y me refiero a la compañía que te permite esa percepción de regocijo, es un circuito de raíles con diferentes alturas, que si bien te enseñan que la cautela es uno de los frenos en la bajada, discurre a toda velocidad cuando te sientes que alcanzas el pináculo y reniegas de que suceda el más que esperado descenso, porque esto último no es lo que te hace sentir feliz.

            Tienes treinta días por delante y los quieres vivir deprisa, intensos, absorbiendo cada instante para relamerte con los jugos que te ofrece. Lo mejor para disfrutarlo es equivocarte constantemente, romper la hegemonía de lo normalizado, de otra forma te resultará difícil sentirte vivo.

            No tengo planes, pero quisiera poder disfrutar de la compañía de mi abuela, de la brisa del campo en la noche junto a la piscina departiendo con mis padres frente a un gin tonic, de bañarme con mis hermanos esperándonos una barbacoa de pescado, de tumbarme en el césped, la playa, con mis primos hablando largo y tendido de lo banal y lo divino, de conocer nuevos rincones con mi Perico, y por supuesto, espero disfrutar de una puesta de sol en la sierra, de un atardecer en la playa, de un concierto de jazz al aire libre, y de sentir la espontaneidad de un beso inesperado que me encumbre de nuevo a lo más alto de esa sucesión de raíles con altibajos que es la propia vida.

           

           



lunes, 16 de julio de 2012

TE ECHO DE MENOS…



         Te acabo de dejar y ya te estoy añorando… pero tenía que hacerlo, sabes que no podíamos seguir así, me ibas a destruir la vida, éramos incompatibles. Mientras yo deseaba estimularme tu me apagabas, no me complementabas en absoluto, y sin embargo ha sido tanto lo compartido, tanto tiempo juntos, madrugones, días de sol, nubes, lluvia, y no te separabas de mí… Sólo de volver a acordarme de ti ya me genera ansiedad… aquellas largas noches en vela, los juegos en la cama, las manchas en las sábanas, menudos desastres éramos, el olor… a veces agradable, a veces deplorable.

         Soy consciente de lo que estoy haciendo y se que me va a costar mucho mantenerme firme en mi decisión, pero creo que a esta altura de mi vida he de plantearme un nuevo camino que se acompañe de nuevos retos. He superado otras crisis, lo sabes, tengo seguridad a cada paso que doy, lo que no significa que cada paso sea correcto, has vivido conmigo cada metedura de pata que mejor no recordarlo.


Pero… ¿y cuando ahora en vacaciones vuelva a ver a mi familia?, me acordaré de ti a cada instante, quizás sea el momento más duro, no tanto por mi padre que hace años que dejó de confiar en ti, pero sé que mi madre aún sigue teniendo contacto contigo, a escondidas, y mi hermana… en fin, trataré de ser fuerte, de superarlo, no sé, quizás el ejercicio, buscando algo que hacer calme esta inquietud.
Hoy al llegar a casa después de lo de esta mañana no sabía si llorar o reír, tal desasosiego me causas que me siento esquizofrénico.

Si me vieras, imagíname, como en otras ocasiones, sentado frente al portátil, escuchando jazz y bebiendo gin-tonic. A veces me quedaba en blanco y en la oscuridad de la noche te miraba, lo iluminabas todo, el breve tiempo que me acompañabas, una y otra vez, era un gozo instantáneo, el humo acariciándome la cara mientras me quedaba pensando junto a ti…

Maldita sea, ¿cómo puede ser que me tengas tan enganchado?, no, no puedo seguir contigo, lo tengo claro, me vas a matar, me tienes buscándote a cada momento, me sales a 36 minutos de media lo que estoy contigo diariamente, que descontando las pocas horas que duermo últimamente y el trabajo, es cada 15 minutos el intervalo entre que estoy contigo y dejo de estarlo. Esto significa que me dominas, que puedes conmigo, que me anulas como persona porque me hago dependiente de ti.

Soy consiente de que esta primera semana lo pasaré mal, trataré de no caer en la tentación, de ser fuerte, de saberme que me espera un futuro mejor sin ti.
Eres una muerte lenta, pero enganchas tanto…. Ay, maldito tabaco!!!

lunes, 18 de julio de 2011

AGÍTESE ANTES DE USAR


         Estoy comiendo techo, tumbado sobre la cama, con la persiana casi bajada por completo, el aire acondicionado a 24 grados y el ordenador postrado a mi derecha emitiendo un documental en inglés, subtitulado, que me recuerda las mentiras de este mundo hipotecado hasta en los callos.

         No para de sonar la misma canción en mi cabeza:”Tú tienes la ranura, yo tengo la moneda…chin, chinchinchin, chinchinchin…”, que horror… ¿En qué momento alguien entró en un bucle y comenzó a desvariar musicalmente ayer?. Y venga, que te agarro de la cintura, que te revoleo para un lado, para el otro, la manguera escupiendo el agua de la comunidad en el punto justo de temperatura, y los cócteles siendo ingeridos sin control.
Uf, ¡que dolor de cabeza!. No se que me martillea más, si mis malos recuerdos o el exceso de azúcar metabolizándose con el alcohol en mi estómago, mis riñones, mi hígado y mis pulmones (mira que “anatomopareado” me ha salido). Y ni decir de las fotos… mientras el vino de la comida te encumbraba, cual adonis esculpido en mármol renacentista, las fotografías te desnudan al  aprendiz de “guiri”, enrojecido, por el sol y el alcohol, henchido o hinchado (sin florituras) en los mofletes cual hámster que acumula alimento para el futuro.

         Puf, el móvil, mi madre… ¿qué le digo…?, luego la llamo. “chin, chinchinchin…”, jajaja, que canción más absurda. La verdad que lo pasamos muy bien, aunque no recuerdo por qué me ausenté en un par de ocasiones de la fiesta, seguro que me entró el bajón. Es difícil mantener la estoicidad de imparcialidad cuando la mente te está pidiendo otra cosa, pero creo, y espero, recordar que dí la talla. Hubo una sonrisa que de vez en cuando me pedía el delito lujurioso de cerrarla, pero hubiese sido como el adolescente que se fuma su primer porro y cree ver elefantes balancearse sobre la tela de una araña y pretende empujarlos con su manecita, posándose ésta, en realidad, sobre las posaderas ancianas de dos “abuelitas” que están comentando la telenovela del medio día, es decir, un suicidio…
¡Cómo me duele la cabeza, me va a estallar…! y hay una vecina que lleva un a hora pasando el aspirador, que ruido más insoportable, ¿cuándo parará?.

¡Joder!, me estoy acordando de los comentarios de ayer a la novia de aquel chaval… si es que vas de listo por la vida y no paras de meter la pata… anda que mentarle a la gente de Linares que son tan emprendedores como los que montaron una fábrica de paraguas en Almería… menuda mirada me echó, y con lo de “sesador de pollos”, sabiendo que ella tiene una granja de gallinas y su familia son “los hueveros”, y tú dale que te dale con la imitación de Gracita Morales que se queda embarazada por el huevero, interpretado por Alfredo landa. Madre mía, me acuerdo de esto y me acrecienta el dolor de cabeza. Aunque no estuvo del todo mal, cuando sacaste a bailar a la otra chica y la revoleaste por todo el pub al ritmo del “tractor amarillo”, y tú a lo Jhon Travolta, de nuevo el efecto nocivo del alcohol, te ves con la fuerza, el ritmo y la coordinación suficiente para transportar grácilmente a la delicada muchacha, y realmente lo que estás es fregando el suelo con su pelo, mientras uno de sus brazos lo agita con vigor pidiendo auxilio y una pierna suya se apoya en uno de tus mofletes, a punto de estallarte las pipas por dentro. No puede ser, sí, eso también lo hice…

Ojala me encontrase postrado una temporadita en esta cama sin contactar con el mundo. Entre el calor, el dolor de cabeza y los recuerdos del día anterior… el ridículo más soberano junto a la inestabilidad social más latente hacen que me vea recogiendo mi autoestima con un badil. Y los mensajes…ni releerlos. La próxima vez dejo el Iphone en el piso y salgo de marcha con un Nokia de los de 2 kilos de peso. Menudo aprendiz de Gloria Fuertes con dislexia y de Sánchez Dragó con diarrea estoy hecho, y ¿esto se lo publiqué en su muro a la muchacha?, normal que no haya tardado ni un segundo en mandarme un mensaje al teléfono postrándose loca por mi al leer lo siguiente: “con los dedos de las manos y los dedos de los pies, los cojones y la poll… todos suman veintitrés…”.

¡Dios!, este ateo te invoca para que uses un dedo que lo fulmine de inmediato. Menudo día me espera de recibir mensajes a consecuencia de lo que ayer acaeció, al menos de lo que llego a recordar, que de seguro, serán más las escenas de mi interpretación de ayer… Estoy por ahogarme con espuma de afeitar, si pudiera llenarme la boca de la espesura de la crema de afeitar y rápidamente desaparecer… joder, ¿lo pruebo a ver?, total lo más que puede pasar es que salga escupiendo por el pasillo. A ver, dice: “Agítese antes de usar”, si hombre, estoy yo para vaivenes con el brazo, que, encima ni para un alivio del luto me encuentro, imposible autocomplacer al “señor calvo” que aún está intentando recuperrarse del intento, del anterior Travolta, de dar vueltas con la chica enganchada a través de sus tirantes a los dientes de mi bragueta, el intento fue fútil pero el cabezazo ni te cuento…